La acacia del límite

El otro día un amigo querido, me comentaba que lo importante no sólo es escribir mínimamente bien, sino y sobretodo, saber qué escribir. Reflexionaba sobre la literatura como una dimensión tan válida y real como la realidad misma. ¿Quien puede negar que lo que pensamos, imaginamos o escribimos es menos real que lo que vemos con los ojos?

5389796-2

“Hace mucho tiempo vivía en la sabana una joven gacela. Era una gacela pequeña, de apariencia nerviosa que se desplazaba por los verdes prados dando gráciles saltitos. Vivía en un enorme grupo de gacelas que se relacionaban en general de forma amistosa. Las relaciones entre ellas sólo se tensaban cuando en tiempo de sequía escaseaba la hierba para comer. Las gacelas tendían a hablar mucho y se escuchaban poco, con una excepción. Cada día una de ellas era la encargada de vigilar a los leones, y si esa gacela daba la señal de aviso, entonces se hacía un perfecto silencio que siempre iba seguido de la huida de todas ellas en una dirección determinada.  También había para ellas otro momento delicado. Cuando se acercaban al río para beber debían estar alerta por si algún cocodrilo decidía almorzar la tierna carne de alguna gacela joven o la más reseca de una gacela muy vieja. En el río el mecanismo era el mismo, una gacela vigilaba y las otras bebían confiadas en la que vigilaba.  En general la vida de las gacelas no era difícil sino mas bien amable, llena de un gregarismo simple y agradable. Pero nuestra joven gacela sentía la necesidad de explorar el límite de la sabana. Allí en el límite, donde se ponía el sol se hallaba la selva, que se llenaba de sonidos mientras en la sabana se hacía el silencio. La gacela se sentía atraída por aquella oscuridad húmeda y llena de sonidos, y sentía cierto hastío ante la horizontalidad simple de su sabana natal. Así pues un buen día decidió que se adentraría en la selva. Lo comentó con las gacelas más cercanas que mostraron con toda la razón el sinsentido de su deseo. Pero por más que la avisaron de los peligros de su decisión, no consiguieron que ella cambiara de opinión. La gacela era tan grácil como tozuda. Así pues, una tarde al final de la temporada de lluvias, la gacela se alejó del grupo y se adentró en la selva. La selva, oscura y fría no se parecía en nada a su sabana conocida. Todos los animales con los que se cruzaba la miraban extrañados y con desconfianza. En la selva había pocas especies gregarias y ninguna gacela. Cada escarabajo, cada ave, cada mono parecía vivir solo, y desde esa soledad miraban a la intrusa. La gacela se fue adentrando más y más en la selva hasta que llegó a un pequeño claro en el que había cinco animales reunidos en círculo. Cuando la oyeron llegar dejaron de hablar, y como no podía ser de otro modo, la miraron con desconfianza. La primera en hablar fue una bellísima y elegante pantera negra.

– ¿Acaso te has perdido? ¿qué hace una gacela tan joven paseando sola por la selva?

La gacela en realidad no entendió el sentido oculto de la pregunta y simplemente contestó que quería conocer la selva. El mono, uno de los cinco animales de aquel curioso círculo, le contestó que se quedara con ellos. Que allí poco a poco entendería el funcionamiento de la selva. La gacela se quedó cerca del claro y cada noche se acercaba al círculo para escuchar las conversaciones de los cinco animales. En el Conciliábulo, que así se llamaba el grupo, se comentaban las últimas novedades de la selva e incluso a veces se explicaban cosas que sucedían en la sabana. La gacela escuchaba con atención pero no participaba. Con el tiempo los del Conciliábulo se acostumbraron a su compañía y la trataban con menor desconfianza. A ella le sorprendía sin embargo que los animales del Conciliábulo no se trataban como ella había tratado a sus compañeras gacelas. Siempre flotaba en el ambiente un cierto recelo; sus miradas parecían esconder algo que para la gacela resultaba una incógnita. El tiempo fue pasando y la gacela y el enorme tigre de bengala que era el cuarto animal del círculo se fueron haciendo amigos. Al tigre le gustaba la inocencia de la gacela y los saltitos que daba para superar las raíces de los enormes árboles del pan. La gacela apreciaba los larguísimos silencios del tigre y sus grandes patas acolchadas que permitían a la enorme bestia pasar desapercibida en sus cacerías nocturnas. Era sabido que el tigre era un cazador feroz pero justo y que sólo mataba para comer o para impartir justicia. Ese era su verdadero papel en la selva. Impartía una justicia rápida que para un animal de la sabana se hubiera descrito mejor como venganza felina. 

Así pasaron varias estaciones y la gacela y los cinco animales del claro se reunían cada noche en su cauta tertulia. Sin embargo una noche en el Conciliábulo se habló de dispersarse. La estación seca había sido excepcionalmente larga y cada animal, que estaba en el Conciliábulo representando a su especie, expuso su situación. La serpiente explicó que, unos quilómetros al este había una charca que podía servir para ellas, las serpientes. Dijo que la decisión del grupo de serpientes ya estaba tomada y que en realidad ella era la última en dirigirse hacia allí. El ave del paraíso fue la siguiente en hablar y expuso que ellas también irían hacia el este, pero con la firme intención de volver en cuanto las lluvias se iniciaran. El orangután explicó que en su grupo habían debatido largamente qué era lo mejor. Los orangutanes habían vivido en la sabana hacía mucho tiempo pero la amenaza de los leones les llevó en la antigüedad a adentrarse en la selva. Sabían que en el río había agua y la decisión final había sido dirigirse hacia la sabana, aun conociendo los peligros que corrían. La pantera negra dijo que ella también iría al este sin dar demasiadas explicaciones. El tigre simplemente se levantó y se fue silenciosamente hacia el este. La gacela no dijo nada porque ella no estaba en el Conciliábulo representando a nadie más que a ella misma. 

Así pues, la gacela se quedó sola en el claro de la selva. Por las noches subía a una acacia para dormir, como le habían enseñado los miembros del Conciliábulo. En la selva no se podía dormir en el suelo como en la sabana. Había demasiados insectos. Los días pasaban y no llovía, pero ella comía frutos y aprovechaba el rocío que todavía aparecía sobre las hojas en la madrugada. 

Una noche, cerca del claro reapareció la elegante pantera negra. Su mirada era más amarilla y recelosa que nunca. La pantera había adelgazado mucho y su pelaje negro había perdido su brillo. Cautamente se acercó a la gacela que ya estaba bajando de su acacia para recibirla. Sin mediar palabra la pantera se abalanzó sobre ella y de un solo mordisco le arrancó una pata trasera. Tras ese ataque la pantera huyó hacia la espesura de la selva. 

La gacela sola y malherida volvió a subir a su acacia donde se durmió esperando no despertar. Sin embargo al cabo de dos días despertó. Su pata trasera seguía faltando pero contra todo pronóstico estaba viva, y su primer pensamiento fue que quería seguir viviendo. Su siguiente pensamiento fue para la pantera. Y para el tigre. Había empezado a llover y los miembros del conciliábulo no tardarían en volver. Un pensamiento extraño se apoderó de la gacela. Si hablaba con el tigre la pantera moriría instantáneamente. La justicia de la selva era inmediata y poco dialogada. Sin embargo la gacela venía de la sabana y allí las cosas se debatían, se pensaban, se hablaban. Ahora sabía que en la selva las cosas se resolvían rápido, pero tras las rápidas resoluciones sabía que surgían nuevos problemas. El asunto era complejo. La pantera representaba a todos los felinos medianos de la selva y la rápida resolución del tigre le podía poner a él en una situación complicada, por no hablar de la propia situación de la gacela. La gacela no tardó demasiado en decidir. Se mantendría en silencio. Un silencio denso y oscuro como la selva misma. Pensó que su silencio servía para conservar tres vidas que posiblemente valían más que toda la justicia de la selva. Las lluvias volvieron y los miembros del conciliábulo también. Todos.  Naturalmente preguntaron por su pata ausente pero ella explicó que la había perdido en un mal salto entre las raíces de los árboles del pan. Las miradas recelosas volvieron, pero nada más sucedió.

Pasó el tiempo y la gacela empezó a sentir que la selva no podía enseñarle nada más. Pero sentía que tras lo vivido tampoco la sabana le serviría. Se resignó a vivir cada vez más sola en el límite entre la selva y la sabana. Su silencio la fue cambiando poco a poco. Daba menos saltitos y su propia mirada, antaño tan inocente y limpia se iba volviendo desconfiada e incluso un poco amarilla. Cada noche subía a una acacia para dormir y con el tiempo dejó de ir al Conciliábulo. 

Una noche notó que allí donde había tenido su pata aparecía una pequeña patita. Pero lo más curioso es que no parecía una pata de gacela. Aquella noche durmió poco. Sin embargo cuando llegó el día el sueño la venció. Y así, poco a poco, empezó a dormir de día y a velar de noche. Al cabo de unas cuantas noches era evidente que aquella pata era de una ave nocturna. Sus ojos se agrandaron y pasaron a ser del todo amarillos. Tras las orejas, que se iban haciendo cada día más pequeñas aparecieron unas pequeñas plumas de color pardo. Y en unas semanas se había convertido en un pequeño búho. La gacela se conformó con su nueva apariencia aunque le parecía que seguía pensando como una gacela. Sin embargo, como búho cada atardecer volaba fuera de la selva y se posaba en la primera acacia que pertenecía a la sabana. Desde allí contemplaba la puesta de sol y veía al grupo de gacelas volver del río para acostarse juntas. Le gustaba observarlas. Sus ojos de búho le permitían ver cómo dormían tranquilas todas juntas. También desde la acacia escuchaba los ruidos de la selva y reconocía el rugido del tigre y los gritos de los orangutanes, e incluso el ronroneo de alguna oscura pantera. Sentía que ya no pertenecía ni a la sabana ni a la selva. El pequeño búho pertenecía a la noche. Amaba su propio silencio, su observación de la sabana y su escucha de los animales de la selva, y sentía que desde la noche los conocía a todos. Era en el silencio de la noche donde hallaba explicación para todo, o más bien donde simplemente no necesitaba explicación.

Cuando salía el sol,  daba dos saltitos para comprobar que tenía sus dos nuevas patitas, mientras recordaba su naturaleza original. Y cuando salía el sol se dormía tranquila, feliz de poder observar y escuchar a los animales de la sabana y de la selva, acompañada de un pequeño búho que también descansaba en la acacia del límite entre los dos mundos.”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s