Evagrio 2.0

evagrio

En el siglo IV, un hombre nacido en la región italiana del Ponto decidió retirarse al desierto egipcio para practicar la oración continua. En la tradición ortodoxa, surgida en los desiertos de Egipto y Asia Menor, y que hoy perdura en el Monthe Athos, la búsqueda de la apatheia, la paz del alma, es el mayor de los logros al que un humano puede aspirar.

Evagrio Pontico, el hombre del Ponto, también conocido como Evagrio el Solitario, discípulo de Melania la Anciana, y a su vez maestro de muchos otros padres del desierto, fue capaz en el siglo IV de definir, sistematizar y analizar con una claridad quasi-neurocientífica, las pasiones que esclavizan al hombre.

Evagrio, de amplísima educación clásica, tutorizado por Basilio el Grande y Gregorio de Nisa, había vivido mucho y de forma muy intensa antes de retirarse al desierto. La decisión de retirarse, la tomó tras sufrir una larga enfermedad que, como ha sucedido a muchos en otras tantas ocasiones a lo largo de la historia, le llevó a reflexionar sobre el sentido de su propia vida.

En su retiro de la vida mundana quiso recoger los apotegmas de los padres y madres  del desierto (Abbas y Ammas) que le habían precedido. Pero él mismo quiso añadir algún contenido y sentido a la vida en el desierto y profundizó en las dificultades de los eremitas en su camino contemplativo.

La vida cenobítica del desierto en el siglo IV era bastante distinta a como nosotros nos  la imaginamos. En el siglo IV cada eremita vivía en solitario, o si tenía patrimonio, podía llegar a disponer de un sirviente. Su vida se centraba en la oración y el trabajo manual, pero en algunos casos, el estudio podía ser una parte muy importante de la vida contemplativa. Sólo una minoría cultivada podía leer y escribir, ya que la mayoría de los retirados al desierto eran analfabetos, antiguos esclavos e incluso delincuentes. De vez en cuando los eremitas se juntaban para celebrar la Eucarístía, y de esa necesidad de celebración conjunta, surgirán los primeros monasterios.

Evagrio, consciente del valor de la palabra simple, procuró escribir sobre las pasiones de forma clara y sencilla, siempre con la vocación de ayudar a aquellos hombres y mujeres del desierto que buscaban a Dios desde la pasión y no desde la razón.

Así, Evagrio, con su vasta formación clásica habló de logismoi y phantasmata, los pensamientos, sentimientos e imágenes que apartan a los hombres de la verdadera contemplación. El contemplativo debe superar las pasiones estando atento a sus pensamientos y emociones. Evagrio, con su inteligencia sistemática fue capaz de regalarnos el catálogo de los logismoi y phantasmatas de todos y cada uno de nosotros. Por desgracia, el pensamiento neoplatónico acabó convirtiendo su catálogo de humanidad en una lista de pecados, que pronto se verían asociados a la culpa y no a la redención.

Volviendo al fabuloso catálogo de Evagrio, os ruego lectores que en este instante intentéis abandonar el peso de la moral  y la historia de la religión, y os dejéis poseer por un nuevo significado para las palabras gula, lujuria, codicia, ira, melancolía y pereza. Leedlas del mismo modo en que leéis rojo, café, grande o conjuntivitis. No las dotéis de peso moral y observadlas simple y amorosamente como características de las personas, como adjetivos que nos definen del mismo modo que rubio o alto. Leedlas sin dejar espacio a la moral y la culpa.  Y desde esa lectura entenderéis que hemos sido creados para conocernos y de este modo conocer a los otros. Para amarnos y desde este lugar amar a otros. Amarnos con nuestros adjetivos, seamos altos o lujuriosos, iracundos o pequeños. Las categorías de Evagrio no pueden servir para hundirnos, sino para elevarnos y aspirar a trascendernos.

Y ahora viene verdaderamente lo mejor. Mi admirado Evagrio no sólo supo definir las piedras del camino, sino que nos regaló concretísimas  y claras instrucciones para superarlas. Así, las pasiones esenciales (la gula, la lujuria y la codicia), las que nos conectan con nuestra naturaleza animal y con la estricta supervivencia, pueden superarse a través del ayuno, la austeridad y la generosidad. Hasta aquí, nada especialmente difícil. El resto de las pasiones, fruto de los phantasmatas mentales y emocionales, se superan con la práctica de la contemplación. Es en la contemplación de lo interno y lo externo, donde puede superarse la condición fangosa de lo humano. Es en el silencio, donde se puede trascender la limitación de las pasiones para intuir la naturaleza real de lo Humano.

El otro día, Gloria D., compañera de meditación se preguntaba ¿qué pasó para que toda la sabiduría del desierto se perdiera?. Más allá de razones históricas, ideológicas, circunstanciales o políticas, sin duda la pequeñez humana lleva a que la verdadera realización de hombres y sociedades sea algo más aspiracional que real. Pero precisamente en mantener la aspiración, radica también la grandeza del hombre, que persiste por los siglos de los siglos en buscar cómo trascenderse a sí mismo.

Si Evagrio pudiera ver el uso que se dio a su nítida explicación de lo más profundamente humano estoy convencida de que la destruiría inmediatamente, prefiriendo la ignorancia del mundo a la prostitución de su sabiduría. La consideración herética que la iglesia de occidente hizo de algunas de sus ideas, también fue un factor importante en la práctica desaparición de la sabiduría del desierto.

Releer a Evagrio, a Juan Casiano o Antonio Abad en el siglo XXI es una fascinante forma de volver a las fuentes originales, y posiblemente una forma de trascender lo individual para llegar a lo universal.

Sabiduría del Desierto 2.0