Бела Хaймовна Эйдус (Bela)

Bela Jaimovna ha muerto. Murió el 10 de agosto en Moscú. Tenía 85 años y era mi amiga. El día de Navidad faltó su llamada. Qué Navidad extraña sin esa llamada. Durante 25 años la llamada no había faltado nunca, y esa ausencia no auguraba nada bueno. Nuestra amistad se destiló a lo largo de estos 25 años, en llamadas alegres o no tan alegres, pero en las que el afecto cruzaba continentes gracias a su voz jovial y una alegría de vivir incomparables.

Bela Eidus, era judía, hija del Cónsul de Rusia en la Cochinchina francesa, cuando estalló la revolución en 1917. Tras la Guerra Civil nunca más vio a su padre, deportado por judío. Su hermano Lázaro también fue deportado al gulag, por la misma judía razón. Bela y su madre fueron deportadas a Asia Central, donde coincidieron con Anna Ajmatova.

De esa época reproduzco una de las más bonitas historias de resistencia que Bela me explicó. En su tiempo deportadas, vivían madre e hija en una habitación, de cuatro paredes, en la que había tres muebles: una mesa, una cama que compartían madre e hija y un piano, que solo tocaba la madre. Cada mañana cuando Bela iba al instituto, donde destacó como buena estudiante, la madre se quedaba en casa sin demasiada ocupación. Por la tarde los tres muebles habían cambiado de ubicación. La única ocupación de la madre era mover esos tres muebles, para sorprender a Bela con algo. Según Bela, la sorpresa diaria sobre la combinación de los tres muebles arrimados de forma distinta a las cuatro paredes, le insuflaba ilusión en un mundo donde resultaba difícil mantener simplemente una vida digna.

Lázaro, el hermano de Bela escapó del gulag con cinco compañeros. Llevaba más de diez años en prisión (un gulag es una prisión sin puertas ni vallas, sólo separada del mundo por el frío y la soledad) y según contaba él, tras tanto tiempo allí la única opción era la muerte, en el gulag o escapando de él. Tardó casi tres años en llegar a Israel, en un trayecto también plagado de muerte, huyendo campo a través, pescando, navegando, sobreviviendo contra todo pronóstico. Sólo llegaron dos de los seis que habían salido. Tardó siete años más en poder comunicar a su hermana que estaba vivo, fuera del gulag, fuera de la Unión Soviética. A salvo en Jerusalén. Para entonces la madre de Bela y Lázaro ya estaba muerta. Cuando Bela y Lázaro se reencontraron en el Moscú post-comunista, hacía más de 40 años que no se veían. Siempre me impresionó mucho la devoción con la que Bela hablaba de su hermano. Y la devoción que Lázaro sentía por Bela.

Tras su etapa en Asia Central, Bela y su madre pudieron volver a Moscú (sin el piano…). Allí, mi amiga se dedicó a estudiar español, al más alto nivel posible en esa Unión Soviética cerrada y aislada del resto del universo. Bela hablaba un castellano cervantino, con giros casi medievales. Pero más que correcto, sobretodo para una persona que nunca había podido moverse libremente, ni tan siquiera por la ciudad de Moscú. Era profesora asociada de castellano en la Universidad Lomonosov, y sin duda, si en su pasaporte no hubiera constado su condición de judía, hubiera sido jefa del Departamento, o quién sabe si de la Universidad entera. Su capacidad de trabajo, su amor por los alumnos y su pasión por la lengua la hubieran convertido en alguien grande en cualquier país normal.

En el año 1976, como un gran privilegio y muestra de confianza hacia ella por parte del sistema, Bela hizo de guía y traductora para un grupo de profesores universitarios españoles entre los que se encontraba quien, 15 años después, sería mi profesor de geografía humana y hacedor del encuentro entre Bela y yo.

En el año 1991 partí hacia Rusia con la dirección de Bela en mi bolsillo. Nikoloiamskaia ulitsa, 45, apartamento 5. Tardé casi un par de meses en coger carrerilla y contactarla. Mi juventud e inexperiencia me hacían ver la visita como un compromiso adquirido por otra persona y que yo debía cumplir a regañadientes y por obediencia debida. Una vez nos conocimos, la cosa cambió por completo. Bela tenía 65 años y yo 21, pero nada fue ya igual para ninguna de las dos.

Muchos domingos por la tarde me acercaba a su pequeñísimo apartamento donde vivía con su compañero Pavel Frenkel, judío moldavo y persona peculiarísima. Pequeño y robusto, Pavel significaba la vida, frente al sueño intelectual de Bela, siempre más interesada en aprender y leer que en comer. Ambos configuraban una pareja muy bien mal avenida. Discutían sin cesar pero era evidente que no podían vivir el uno sin el otro. Gracias a Pablo/Pavel, Bela y yo podíamos tomar el té en la cocina más pequeña del mundo, y por unas horas nos daba igual que la Unión Soviética se hundiera. Yo nunca me cansaba de escuchar sus historias y ella siempre quería saber palabras en castellano, cosas de Barcelona o del mundo. Al principio yo no me daba cuenta, pero poco a poco observé que mis explicaciones eran como aliento vital para ellos, Pavel y Bela. Rusia me parecía un lugar irreal, pero esa era la única realidad que habían conocido Bela y Pavel. Y yo era la ventana a otro mundo.

Hoy recuerdo esas conversaciones como algo casi sagrado. Sus silencios y los míos, sus palabras y las mías,  fueron la perfecta comunión de dos mundos desconocidos. Nuestros tés en la cocina se fueron haciendo cada vez más y más largos, de tal forma que Pablo me tenía que acompañar de vuelta a la residencia de estudiantes. Caminábamos por el cinturón, el “koltsó”, enhebrados brazo con brazo intentando no resbalar con las placas de hielo. Caminábamos en silencio, escuchando el crujir de nuestras botas sobre la nieve. De vez en cuando Pablo me preguntaba: ¿eso que has explicado sobre XXX es realmente cierto?. Podéis poner lo que queráis en la XXX porque lo que Pablo necesitaba era creer que había un mundo mejor, una vida mejor más allá de su mundo conocido. Recuerdo muy bien su mirada, esperanzada e intensísima, poniendo toda su capacidad de ilusión en mis palabras. Por aquel entonces Pablo tenía casi 70 años, pero en esos paseos parecía que tuviera 15.

Hoy he llamado a Moscú. El teléfono de Bela daba señal, pero nadie ha contestado. Bela llevaba seis años sin salir de casa. Impedida y casi ciega, mantenía este mes de julio su tono jovial, alegre por encima de lo humano. Una asociación de ayuda judía le pagaba una asistenta de Asia Central a la que Bela estaba enseñando español. En la última conversación, Bela me dijo que estaba muy orgullosa de los avances de su asistenta con el idioma. Bela era primero profesora, y luego persona. Persona única, maravillosa, profundamente inspiradora.

En el año 1993, Bela salió por primera vez de Rusia gracias a una invitación formal  y un visado que tramitaron mis padres a petición mía. Una vez en Barcelona, Bela llamó a Pavel desde el teléfono del pasillo, y entre risas y gritos le dijo: Pablo, todo es verdad! !Todo es verdad! La verdad se había revelado, y nuestros mundos se habían unido para siempre.

Hoy Belochka no está, pero doy gracias por haberla amado y haber sido digna de su afecto.

shalom

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3 comentarios en “Бела Хaймовна Эйдус (Bela)

  1. Ester CORNET

    Cus, Amb aquestes vivències que comparteixes ens regales una petita part del privilegi de conéixer aquests èssers meravellosos que has trobat en el camí. Gràcies!

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