La madalena de Proust y el tomate de Tona

TOMAQUET PERA 2
Lavando tomates en Campo de’Fiori

Hoy mi querido compañero ha preparado un fabuloso gazpacho con remolacha. Hace dos veranos que es la especialidad más demandada en casa. Más dulce y con regusto a tierra es una variante de nuestra sopa fría más patria, pero que con el uso de la remolacha también puede recordar a la okroshka ucraniana, lo que a mí ya me va bien.

Sin embargo hoy estaba especialmente dulce. En la nevera quedaban unos tomates pera que compro de forma casi compulsiva, y mi amigo los ha usado en la sopa de hoy. Y por eso el resultado ha sido un poco diferente y especialmente atractivo a mi paladar. Soy a los tomates pera, lo que sería un perro policía a cualquier droga escondida en un depósito de gasolina. Los hallo por muy camuflados que estén. Tenemos una relación intensa. Ellos tienen sobre mí un poder especial y por eso mis sentidos se han entrenado a lo largo de muchos veranos para encontrarlos allí donde se encuentren.

Los tomates pera tienen el poder de trasladarme de forma automática al Shangri-la de mi infancia. Del mismo modo que Proust, al probar una madalena mojada en té podía trasladarse a los domingos con su abuela Leoncia en Colonges, yo puedo viajar al pequeño pueblo de Tona, escenario perfecto de mis veranos infantiles.

Durante unos años mis padres alquilaban en Tona una casita de pueblo que tenía detrás un pequeño patio. Ese patio pronto se convirtió para mí en una escuela de naturaleza. Insectos y flores de todo tipo me sorprendían día tras día. Orugas peludas, arañas, escarabajos, hormigas con alas, sin alas, negras, marrones, rojas, grandes, pequeñas….Flores diversas entre las que recuerdo especialmente las de una planta de alcachofa que se erguía altiva en mitad de un parterre, que a su lado se mostraba humilde y soso. Y en esos días que transcurrían lentos pero llenos de asombro, aprendí a amar la naturaleza y a verla como una parte de mí, o mejor dicho, a verme a mí como una parte de ella.

Y de entre esos días tranquilos, guardo en mi memoria como un verdadero tesoro, las excursiones al huerto de la señora María. La señora María era una vecina soltera, muy soltera, que de vez en cuando pedía a mis padres que mi hermano y yo fuéramos a merendar a su huerto. La señora María no era de Tona, sino de Vic. Digamos que era una rica de provincias que se trasladaba unos quilómetros de su ciudad habitual a un pequeño pueblo para pacificar su vida de los chismorreos que sufría en su Vic natal. No era ella quien trabajaba el huerto, sino que como dueña y señora de un pequeño Jardín del Edén, disfrutaba de los atardeceres y los dulces frutos que el trabajo del señor Pere hacía brotar en esa parcela prodigiosa.

La señora María siempre llevaba vestidos de grandes estampados, que a mi me recordaban el huerto, y sus gafas de sol la hacían aparecer un tanto misteriosa. De trato serio en general, cuando íbamos con ella al huerto, su mirada y su voz se dulcificaban. Bien pensado, creo que simplemente al no tener que tratar con adultos que la juzgaban, sino con dos niños, su registro cambiaba. Se relajaba de un modo sutil pero visible.

El huerto era muy grande y todo él estaba rodeado por una tapia alta, de manera que quedaba separado realmente del mundo exterior. Era como la Ciudad Prohibida de las judías verdes, los tomates y los crisantemos, que crecían pletóricos en la tapia del fondo.

Mi hermano y yo salíamos con la señora María hacia las cinco de la tarde y caminábamos un buen rato hasta que llegábamos a la puerta del huerto-jardín. Dos grandes candados de hierro, que se abrían con sendas grandes llaves, también de hierro, separaban el mundo real del paraíso. A la derecha de la puerta quedaba una pequeña construcción que tenía ínfulas de glorieta. En realidad era una pequeña habitación oscura, un poco húmeda, en la que había dos bancos arrimados a dos paredes perpendiculares y azules, separados por una pequeña pila con su grifo.

Normalmente al llegar, la señora María se refugiaba en la pseudo-glorieta para refrescarse, pero mi hermano y yo empezábamos a correr entre los bancales donde se alineaban lechugas, zanahorias, judías, calabacines y tomates. El señor Pere cuidaba primorosamente del huerto y éste correspondía con una abundancia casi tropical. A mi me gustaba correr hasta el fondo, donde se encontraban los crisantemos. También había menta, que crecía por doquier como una mala hierba, y me acercaba  a la hiedra que quedaba en una esquina de la parcela y refrescaba un poco la tapia. A veces, si hacía mucho calor, la Sra. María me acercaba la manguera y me dejaba regar los crisantemos, pero me avisaba:

-Sobretodo que el agua no salpique las flores, que se quemarían.

Yo no entendía cómo el agua podía quemar las flores, pero por si acaso regaba con tanto cuidado como podía.

Finalmente, cuando ella ya se había refrescado y había dado una vuelta para observar la evolución de todo lo plantado, nos llamaba a mi hermano y a mí hasta la puerta de la pseudo-glorieta y nos decía:

– Bueno, vamos a merendar. Podéis escoger un tomate cada uno. Pero… escogedlo bien, eh?.

Ese eh? me parecía la mayor provocación vital que yo podía soportar. Mi hermano y yo nos dábamos media vuelta y nos íbamos hacia las tomateras. Y es ahí donde se inicia para mí el verdadero milagro. Me recuerdo a mi misma en profundas cavilaciones, mirando con atención plena todos y cada uno de los tomates que se ofrecían como el mayor tesoro del universo. Me recuerdo a mí misma hablando internamente con cada tomate. ¿Serás dulce? ¿Estás ya maduro? ¿Tu piel será fina? y de pregunta en pregunta iba cerrando el círculo de los elegibles. Paladeaba la libertad de elección como una fruta prohibida. Me parecía que cualquier cosa era posible y que yo tenía el gran poder de la libertad de elegir un tomate. Cuando finalmente había escogido uno, con un cuidado infinito arrancaba el tomate de la planta, no sin sentir que en ese acto mi intervención era radical. Ese tomate ya no crecería más, no maduraría más. Mi mano lo arrancaba de la planta de forma definitiva e irreversible.

Entonces volvíamos a la glorieta (en ese momento, con el tomate en mi poder la construcción ganaba prestancia) y en la puerta la señora María nos decía:

– Lavadlo y lavaros las manos.

La oscuridad y frescor del interior me parecían maravillosos. La construcción ya era casi un templo. Lavábamos el tomate y también nuestras manos y entonces nos sentábamos en los bancos, uno a cada lado del pilón. Y por fin, la señora María decía:

– Ya podéis merendar.

Y en el primer mordisco de ese tomate tibio, dulce, elegido en libertad, se concentraba para mí el universo entero. Pensaba en todos los insectos y flores que había observado, pensaba en el señor Pere y sus grandes manos, pensaba en mis padres y mi abuela, que no tenían el privilegio de comer ese fruto delicioso, pensaba en los tomates que no habían sido elegidos y que suponían en sí mismos futuras elecciones, pensaba que nada en el mundo podía ser más bueno.

Durante 40 años he rememorado ese instante eterno, he comido miles de tomates pera, en decenas de lugares. Y por suerte para mí, el instante original, el que me ayuda a entender mi lugar en el mundo, mi relación con la naturaleza, con la libertad, con la responsabilidad de la elección, el que me lleva a dar gracias, el que me invita a disfrutar de las pequeñas cosas, sigue intacto.

tomaquet pera

Tona, 1977
Gracias María. Gracias Pere. Gracias Gaia.

 

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