Del árbol muerto

 

En el Desierto Carmelita de San José de las Batuecas hay un árbol muerto, un árbol fosilizado que me enseña algo cada vez que lo contemplo. Hace exactamente un año lo estuve observando cada amanecer y anochecer, dado que la ventana de mi celda se encontraba justo delante del árbol. En ese ejercicio de contemplación noté mi incomodidad por tener justo delante un árbol muerto aunque el lugar en general es como un jardín del Edén transportado al siglo XXI. Me preguntaba porqué justamente en mi ventana el paisaje estaba dominado por un árbol muerto.

Y este mes de julio, un año después, mi celda estaba justo en el lado opuesto, mostrándome un pequeño patio en el que dominaba la vegetación viva y la ropa tendida. La gran sorpresa ha sido notar que alguna parte de mí echaba de menos la visión del árbol muerto. Cada vez que  la meditación y el trabajo manual me lo permitían me escapaba para observar mi ya querido árbol muerto. He podido dedicar tiempo a entender qué me mostraba ese árbol.

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Cuando la vida se muestra impúdica, abundante, la visión del árbol resulta chocante, sorprendente y provocativa. Es una llamada a la reflexión sobre la finitud de la vida. Sin embargo, tras muchas horas de meditación, el árbol me ha enseñado que aunque la vida sea finita, podemos dejar algo, el recuerdo de quienes fuimos, lo que hicimos y sobretodo el recuerdo de lo que hemos amado.

Todo, desde los pensamientos hasta las miradas, las palabras, los gestos y las intenciones deja algún rastro, por pequeño que pueda parecernos. Sin embargo, el gran valor de ese rastro radica en su gratuidad, en la generosidad y en el convencimiento de que estamos llamados a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, por mucho que cueste. Esa es la verdadera provocación de nuestras vidas finitas.

En el budismo tibetano una de las meditaciones más importantes se centra en la reconciliación con la muerte. Tal como explica la siguiente historia:

Un discípulo le preguntó a su maestro,

– Maestro, ¿cómo puedo prepararme para morir?
– El maestro le respondió: Prepárate para vivir.
– ¿Y cómo puedo prepararme para vivir?
– Prepárate para morir.

No queda mucho por decir. Bueno sí, gracias árbol muerto por seguir ahí, en medio de tanta vida, como rastro y señal del sentido de todo…

 

 

En silenci

 

Quan l’única certesa és la incertesa,
quan les paraules no arriben a explicar gairebé res,
quan ni tan sols les mirades mostren un bri de realitat,
ens queda el silenci.

Quan hi ha hagut moltes explicacions,
quan la imaginació es desborda,
quan l’atenció es dispersa, i no es comprèn res,
ens queda el silenci.

Quan no es troben mestres,
quan la realitat es torna erma
i manca el sentit de tot plegat,
ens queda el silenci.

Quan les ombres s’allarguen,
quan la por ens fereix i oblidem qui som,
quan la vida es mostra lletja,
ens queda el silenci.

Quan només hi ha soroll,
quan la veritat s’escola entre dubtes i penombres,
quan sembla que campen perills i foscors,
ens queda el silenci.
Quan hi ha moltes preguntes i cap resposta,
sempre ens queda restar en silenci.
Escoltar el silenci.
Fent silenci
En silenci
Silenci

I des del silenci reconstruir-ho tot :
Certeses, paraules sàvies i mirades autèntiques.
Realitats veritables i explicacions necessàries.
Atenció fecunda i comprensió acurada.

I des del silenci reconstruir-ho tot :
Trobar en tothom un amic i mestre,
Enamorar-se de la realitat com si es descobrís per primera vegada.
Il·luminar-ho tot de nou, per retrobar qui som,

I des del silenci reconstruir-ho tot :
Alimentar un cop més el sa atreviment,
Diluir els dubtes i seguir cercant la veritat.
I seguir fent preguntes sense respostes

Per tornar a restar en silenci.
Escoltar el silenci.
Fent silenci.
En silenci.
Silenci

 

 

Vespres de juliol. Reflexió breu.

Fills monitors i necessitat de rentar i assecar molta roba en molt poc temps. 

Zygmunt Bauman deia que el millor que podem fer a la vida, és regalar el nostre temps a la gent que estimem. 

Aquí estic un vespre de juliol mirant com gira una rentadora industrial, mentre penso que demà, quan el meu fill torni a marxar per cuidar i jugar amb els fills d’altres mares, notarà que la roba fa molt bona olor.

Els vespres de juliol fan olor de servei i amor.

De los librepensadores

En los orígenes del Humanismo, del Renacimiento y en la base de la Revolución Francesa fue tomando cuerpo el librepensamiento. Ya en la ilustración y posteriormente en el siglo XIX se intentó definir el concepto. Louis Menard, poeta simbolista y primitivo consumidor de hachís, precisó que el librepensamiento es una actitud consistente en rechazar cualquier dogmatismo y confiar en la razón para distinguir lo verdadero de lo falso en un clima de tolerancia y diálogo.

Resulta curioso observar como la propia definición incorpora la actitud, que es una disposición, un talante, una voluntad consciente que debe hallarse en la base del deseo de llegar a la verdad. La voluntad nada tiene que ver con el raciocinio ni la capacidad lógica o matemática, sino con un empeño, una obstinación personal, un verdadero compromiso vital. Cuando esta actitud falta, no puede haber librepensamiento, y entonces la verdad desaparece por las grietas del desconcierto, el miedo, la sospecha y el juicio.

A veces, la vida muestra cómo individuos formados, capaces en muchas facetas de su vida personal y profesional adormecen su raciocinio y se dejan llevar por el miedo a la incertidumbre o por emociones más o menos desatadas. Hay en los hombres y mujeres (de hoy en día?) una incapacidad manifiesta para la aceptación de lo que no está bajo su control, desde la enfermedad hasta la muerte, ambas condiciones ineludibles de cualquier vida terrestre. En realidad  entre la libertad de expresión y la coherencia personal hay un divorcio patente basado en la necesidad.

Desde el siglo XVIII la construcción de la identidad del yo se basa en la creencia de que la razón todo lo puede. Sin duda las conquistas de la humanidad desde el Paleolítico, si las pudiéramos observar desde una galaxia lejana, son simplemente espectaculares. Desde la lucha contra las enfermedades infecciosas hasta el desarrollo de transgénicos, desde el ferrocarril de vapor hasta los vuelos interestelares… la aplicación de la razón al ámbito de la tecnología permitió el inicio de la Revolución Industrial, que  a su vez permitió mejorar las condiciones de vida de muchas personas. A su vez estas mejoras permitieron que la raza humana incrementara su número hasta llegar a los 8.000 millones de personas que actualmente se reparten de forma desigual los recursos presentes, en una depredación del planeta que no tiene precedentes. Ninguno de estos avances ha permitido superar las diferencias en el acceso a los medios de producción. La utopía socialista pretendió liquidar lo que para Marx era un continuum de desigualdad, desde los faraones de Egipto hasta la nobleza rusa del siglo XX. Ya sabemos que el tema utópico no acabó de funcionar, pero quizás llegados hasta aquí lo más interesante es observar cómo la humanidad en bloque puede equivocarse mucho si su conocimiento de la verdad es parcial o limitado. Si al conocimiento limitado se le une el miedo, el resultado siempre es nefasto.

Digamos que el uso de la razón para la creación de objetos que mejoren nuestra vida ha avanzado más que el uso de la razón para mejorar nuestra relación como individuos. Es innegable que como raza mostramos grandes incapacidades. La fraternidad de la que hablaron Diderot y D’Alembert, grandes librepensadores, no abunda en el planeta, y posiblemente es más visible en un banco de sardinas que entre la mayoría de las personas.

Siempre he pensado que el día en que el hombre dejó de ser nómada y cerró un pedazo de tierra para cultivar y alimentar a su prole (sólo la suya, no la de otros) la humanidad, ya con minúscula, empezó un larguísimo camino de lucha por los recursos, sean estos patatas, sardinas o sueldos. Cada uno debería reflexionar hasta dónde es verdaderamente libre, para encontrarse de verdad con sus propias limitaciones, y responder a las mismas con dignidad y sin subterfugios. Deseablemente también con fraternidad.

Voltaire hizo del artículo sobre el librepensamiento de sus colegas Diderot y D’Alembert la base de muchos de sus discursos y acciones. Su capacidad dialéctica le convirtió en un gigante de la historia, que nos mira desde el culmen del librepensamiento.  Sin embargo, él mismo manifestó que la única condición para llegar a ser un librepensador, es la independencia económica. Él murió siendo uno de los hombres más ricos de Francia, después de traficar con esclavos y llevar adelante algunos negocios fraudulentos.

Frederic Lenoir, uno de los filósofos más premiados de la Francia contemporánea,  manifiesta que la principal crítica al Occidente actual es haber olvidado el ideal de fraternidad, concentrándose sólo en cuestiones de igualdad y libertad individual. Una especie de depreciación del ideal de  fraternidad.

Estudiar a fondo la historia de la “humanidad con minúscula” ayuda a entender que tras los personajes hay personas, que tras los juicios hay vacíos y miedos, y que en cualquier caso como dijo uno de mis gigantes preferidos, Lev Tolstói: “Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. Amén