Kintsugi

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Kintsugi (金継ぎ) (en japonés: carpintería de oro) o Kintsukuroi (金繕い) (reparación de oro) es una técnica de origen japonés para arreglar fracturas de la cerámica con barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. Forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse, incorporarse y además hacerlo para embellecer el objeto, poniendo de manifiesto su transformación e historia”

Se cuenta que en el siglo XV un shogun japonés, envió a China, para ser reparada, la taza en la que habitiualmente tomaba té. La taza se había roto accidentalmente. Volvió reparada de forma poco satisfactoria, con unas grapas metálicas. El shogun, insatisfecho con el resultado, solicitó a un artesano japonés que reparara la taza utilizando otra técnica. Y parece que así se inició el kintsugi o kintsukuroi, que es la reparación con laca y un metal precioso de cualquier pieza de cerámica rota. El patrón de la rotura, que se cubre con laca y se pinta con pan de oro o plata, se convierte entonces en algo precioso, una forma de arte, que explica de algun modo la historia del objeto. Muestra con un hilo de oro, las fracturas del objeto, los lugares debilitados y reparados. Con el tiempo, las piezas reparadas con esa técnica, se convirtieron en objetos de coleccionista muy valorados en toda la sociedad. Y así sigue siendo hoy en día.

El kintsugi no oculta la rotura sino que la ilumina literalmente para mostrar su recorrido y patrón. Y una vez iluminada, la cicatriz forma parte esencial de la pieza, dotándola de una nueva personalidad.  La cerámica reparada era/es la perfecta metáfora de la vida de los hombres, desgarrados o rotos, pero reparados e intentando recuperar su función.

El kintsugi, profundamente vinculado a la visión del budismo zen, en  la cerámica y en la vida, necesita de manos que sepan reparar las roturas, y de la voluntad de no descartar lo roto o imperfecto. Para ser valorado verdaderamente requiere de la aceptación de la impermanencia, de que nada está completado y nada es perfecto. Y de una mirada nueva hacia los objetos, aceptando las roturas y las reparaciones.

En la observación de una pieza de kintsugi puede suceder que la persona sienta  una sensación de melancolía serena o incluso de anhelo espiritual. Es en ese instante cuando podemos atisbar que todos somos, en mayor o menor medida, kintsugi.

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I pini di Roma

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Il Cuppolone desde el Gianicolo

La primera vez que visité Roma tenía 17 años. Era invierno, hacía frío y la atmósfera era una mezcla de humedad rancia y polución de diesel. Roma estaba sucia y de eso ya hace 30 años. Contra todo pronóstico he vuelto muchas veces más, en un alarde de incongruencia personal, sólo para aprender que a veces las primeras impresiones son erróneas…

Cada año la visita a Roma representa un tiempo fuera del tiempo. También significa deambular por un espacio en el que sentirme insignificante, comparándome con la cantidad de gente que ha hecho historia en Roma, a través de Roma o desde Roma. Me siento insignificante y feliz. Roma es una cura automática de humildad, y quizás por eso soy especialmente feliz en la ciudad eterna. Me siento absolutamente nadie, y en esa nadiedad me permito disfrutar de cualquier cosa de un modo genuino y libre.

En Roma la historia se aparece en cada esquina, en cada cruce, en cada piedra.  Y sin embargo, cuando llego a Roma, lo primero que buscan mis ojos son los maravillosos pinos que se alzan por toda la ciudad. Mi instinto busca siempre un pedacito de naturaleza, quizás para compensar tanta historia pétrea. Esos pinos parecen enfrentarse a la historia. En Roma los pinos tienen una dignidad especial. Son más altos, mas rectos, más verdes, que en cualquier otro lugar. Representan una vida callada y serena enfrentada a los escenarios de tantas batallas. Se mantienen quietos y silenciosos  dando una réplica verde a tanto acontecimiento humano, a menudo muy rojo.

Es raro encontrar a alguien que cuando visita Roma hable de sus pinos. Sin embargo en 1924 Ottorino Respighi, un compositor romano escribió un poema sinfónico dedicado a los pinos romanos. Es reconfortante pensar que la mirada de cada uno es particular, pero no única. Descubrir que un compositor se había fijado en ellos me tranquilizó un poco. Si mi mirada a la ciudad era un poco particular, en todo caso no estaba sola.  Otros ojos habían contemplado con la misma maravilla las mismas cosas que yo. Hubo como mínimo un hombre, a principios del siglo pasado, que se sintió inspirado por esos árboles que ahora yo misma rememoro desde mi casa en Barcelona.

El poema sinfónico que compuso Respighi se compone de cuatro movimientos: I pini de Villa Borghese, con un allegretto, que posteriormente se utilizó en la película Fantasía de Walt Disney. La música traslada a la alegria y el gozo de un maravilloso parque coronado por la fastuosa Villa de los Borghese, dominadores de la política ciudadana en el s.XVII. Los pinos de Villa Borghese tienen el tronco grueso y la copa densa, para dar cobijo con su sombra en el implacable ferragosto romano.

Pini presso una catacomba, traslada a las afueras de la ciudad. La pieza, lento maestoso, acerca a todas esas catacumbas que esconden cosas y a la vez las gritan desde el pasado. Allí los pinos son más oscuros, y si cabe más inmóviles. Parecen negar cualquier sonido incluso cuando sopla el viento. Parecen querer pasar desapercibidos, y sin embargo su porte hace que sea imposible no mirarlos. Se mimetizan con los cipreses vecinos, que anuncian la muerte, detenida en las catacumbas.

El Gianicolo es una de las siete colinas de la ciudad. I pini del Gianicolo simula un atardecer desde el monte que regala la mejor panorámica de la ciudad. En la hora dorada, cuando el sol se pone, los pinos y la ciudad se incendian. El tiempo queda suspendido por unos instantes y la belleza de la vista es indescriptible. Esa visión dura unos breves minutos, hasta que el sol se pone, y el fuego se ve sustituido por las sombras. Los pinos entonces se vuelven negrura que acompaña a los bustos de los padres de la patria. Pétreos y alineados, enfrentados a la réplica verde y al juicio de la historia.

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                                                                                                                     Garibaldi en el Gianicolo

El último movimiento de la pieza de Resphigi está dedicado a los Pini della Via Appia. La pieza rememora la gloria de la república y el sonido de las legiones desfilando por la via más importante del Imperio, que unía Roma con Grecia y Oriente. La música se vuelve marcial. En la Via Appia los pinos no crecen, se alinean. No se muestran, sino que forman. Son metáfora perfecta del orden castrense, pero cuando los miro, siempre pienso que discretamente han logrado escapar de una disciplina excesiva.

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Y así, la música de Respighi ha inspirado no sólo a Walt Disney, sino también a Carl Orff, a Prokofiev e incluso al compositor de la pelicula Supermán.

Y nunca dejo de preguntarme quién plantó todos esos pinos; quién decidió conservarlos; quién los cuida hoy en día. A todos ellos, gracias.

Y para terminar, una cita de un viajero anónimo del siglo XVII recogida por Pieter Jacob Harrebomée: “Quien hace el primer viaje a Roma no ve nada, en el segundo la conoce y en el tercero se la lleva en el alma. “

Eleanor Roosevelt y mi apéndice

apendiceCuando te pasan cosas gordas te quedas como fuera del tiempo y el espacio. En las últimas 48 horas he sufrido una apendicitis aguda, me han operado y he vuelto a casa. Todo ha sido tan rápido que me pregunto incluso si realmente ha pasado. Los puntos de la laparoscopia y el eco del dolor con el que empezó todo me indican que sí ha pasado, pero necesito escribir para entender.

Como en una película, recopilo los rostros de todas las personas que me han atendido, en un intento por ser agradecida. Me doy cuenta de que el agradecimiento me permite resistir y persistir en una vida que a veces aprieta mucho. Sin embargo, tras cada aprieto, más agradecimiento siento, en una ascendente que no se dónde acaba. Y tampoco me importa mucho.

Hace dos días no me tenía en pie.  Mi hija, con sus 20 años y su cuerpo delgado pero fuerte me llevó al hospital. Sus piernas de buena montañera fueron mi soporte y salvación. Sin perder la compostura, dulce y resistente a la vez, su mano me sostuvo y me dio esperanza. No encuentro todavía las palabras que expliquen lo que siento hoy. Yo le di la vida a ella y hace dos días ella me la devolvió. Fuimos a urgencias con un taxista que entendió con pocas palabras. Vaya mi agradecimiento a los buenos conductores discretos. Y a esos taxistas, que son muchos, que hacen cosas buenas porqué sí.

A la puerta del Hospital de la Esperanza, mi otro ángel de la guarda, Josep. Siempre atento a todo, rápido, maestro de los entresijos de una sanidad pública colapsada pero aún eficiente, gracias a tipos como él.

Mi agradecimiento al CUAP Gràcia. Cinco profesionales me atienden durante tres horas de duda. La salud no es matemática ni ciencia exacta y la sabiduría del médico que me atendió no es cosa pequeña. Enfermera, auxiliares, celador, médicos, todo el mundo cumpliendo con eficacia y eficiencia, que es el arte de hacer lo que se debe con los justos recursos.

Traslado en ambulancia. Creo que volé bajo hacia el Hospital del Mar en la ambulancia más nueva de Barcelona. Que te pregunten si te mareas y te tapen con una manta, tampoco es pequeña cosa. Van 2 profesionales más.

Urgencias del Hospital del Mar. El Vietnam de la asistencia sanitaria, con sus vietkongs bien preparados para lidiar con lo que les echen. Una amiga en la puerta (gràcies Silvia!). Un mínimo de tres enfermeras y tres auxiliares;  tres cirujanos y sus residentes se alternan, explorando y observando la evolución. 2 camilleros me pasean de servicio en servicio mientras preparan la cirugía. Todos cumpliendo con su responsabilidad, de manera amable y atenta.

Una ecografista y su residente, 3 enfermeras, un anestesista y dos cirujanos. Me reciben en el quirófano y casi montan un número cómico. Van vestidos de verde, y pienso en las selvas asiáticas. Siempre que entro en un quirófano veo en los que me atienden un poco de pena cuando me miran o me explican lo que van a hacer. Los sanitarios son personas, por si alguien lo dudaba. Tengo la sensación de surfear por encima de la desgracia, y en el último instante antes de dormirme, la mano de Josep sujetando la mía. Adiós apéndice! En estas condiciones una se puede despedir de cualquier cosa.

Me despierto. El jefe de la sala de reanimación sonríe (ya no me parece raro. Esta gente tiene la buena costumbre de sonreír. ¿Tendrán orígenes asiáticos?) Le veo ir para arriba y para abajo. Me parece tan ocupado como los vietkongs de urgencias. Cierto es que yo tengo mucho sueño y no podría ni rascarme la nariz, y creo que eso me hace percibir su velocidad de forma especial.  Me pregunto si en lugar de Hospital del Mar no debiera llamarse Hospital del Mekong (y de paso jodemos un poco a Mr. Trump), con una sanidad pública que aun funciona.

Dos enfermeras me van atendiendo y finalmente me explican que como no hay habitaciones  de cirugía me llevan a pediatría. Me parece de lo más lógico, al fin y al cabo supero por poco el metro y medio, y me sigue gustando jugar. Y en el trayecto entre la reanimación y la pediatría hago uno de los viajes más alucinantes de mi vida. Ya es madrugada (el quirófano de urgencias nunca para, en un loop vital desconocido para muchos, pero milagroso para algunos) y los pasillos del hospital están desiertos. El silencio es casi absoluto, y lo saboreo como si realmente acabara de nacer al mundo. Pasillos y más pasillos en silencio. Si me hubieran dicho que estábamos en otra galaxia me lo hubiera creído.

Cualquier lugar del mundo, incluso Vietnam en guerra o el Hospital del Mar de madrugada, cambia cuando está en silencio. En ese instante es cuando todo se puede escuchar. En ese trayecto escuché una vez más la belleza de la vida recuperada. Y ese silencio contenía el esfuerzo de los que luchan por la vida de los demás.

En pediatría un niño muy pequeño lloraba. La vida se abría paso en ese llanto. Y yo me sentía viva porque lo escuchaba a él. 24 horas más de recuperación. Tres turnos de enfermeras, auxiliares y cirujanos. Mínimo 10 personas más.

Dos voluntarios que hacen de payasos para los niños ingresados. Aunque han visto que la niñez quedaba lejos en lo cronológico, deben haber intuido que en cada adulto hay un niño atrapado. El rato de risas ha sido tan doloroso como moralmente eficaz. Van dos más (Pallapupas forever!).

Y 48 horas después del inicio del viaje, me dan el alta con una sonrisa y la petición de que descanse. En esa petición se esconde un secreto: no podré descansar hasta que muestre mi agradecimiento.

Y aquí estoy, rediviva, recordando unas palabras de Eleanor Roosevelt:

“Una democracia está compuesta de un hombre, y otro, y otro, y otro-ad infinitum. Pero cada hombre debe ser responsable de lo que hace.”

Gracias a las más de 30 personas que me han acompañado durante 48 horas en un alarde de democracia. Por cosas como éstas vale la pena seguir luchando.