Silencio-palabra-silencio

IMG_9786.JPG“En un bosque muy lejano vivía un monje que vivía en silencio. En la comarca se decía que podía obrar milagros. Que era sabio. Que veía cosas. Pero en realidad, él no hacía nada, y por lo tanto todas esas afirmaciones eran fabulaciones surgidas en las mentes de sus vecinos. Él simplemente vivía, contemplaba y callaba. Su voto de silencio se interpretaba de mil maneras, pero en realidad no tenía mucho que decir. Prefería no estropear el silencio. Él no hacía nada.

El monje se fue haciendo viejo, muy viejo. Su fama se acrecentaba. Su silencio era cada vez más largo, y sus vecinos interpretaban que más difícil de mantener, y por lo tanto más valioso. En realidad era justo al revés. A más silencio, más deseo de silencio tenía.

Aún sabiendo que el monje nunca decía nada, los jóvenes del lugar le visitaban. Le hacían preguntas, y cualquier movimiento, por imperceptible que fuera, era interpretado como una clara respuesta. Un suspiro, era un no o un sí. Una mirada, un quizás. Un parpadeo se interpretaba como una invitación a una nueva pregunta. En realidad, cada persona tenía su pregunta, y fabulaba su propia respuesta a la vista del monje. Con el tiempo, el bosque se fue llenando de hombres y mujeres que querían seguir su ejemplo. Pero, él no hacía nada.

Siendo ya muy muy viejo, poco antes de morir, rodeado de todas aquellas gentes que le seguían, dijo una sola palabra: ¡Fuego!.

En aquel instante el bosque entero ardió.

Se hizo silencio.”

En la cocina, como en la vida

taula-nadal“La cocina es la estrategia alimentaria de los humanos. A diferencia del resto de seres vivos que comen lo que encuentran en la naturaleza tal cual lo encuentran, las personas transformamos la realidad para construir nuestro alimento”

                  De la Terra a la Lluna. El Celler de Can Roca, Exposición Palau Robert, Enero 2017

Mi abuela tardó muchos años en destapar todos los secretos de su cocina. Y sospecho que se llevó alguno a la tumba. Gran cocinera, llenó mi infancia de sopas de ajo castellanas, cordero al horno y codornices en escabeche. Su cocina se basaba en el producto, casi siempre barato, y en elaboraciones sencillas. Esas recetas se las había enseñado su propio padre, pero ella misma tuvo otras enseñanzas. Siendo muy joven trabajó en uno de los mejores restaurantes de Madrid, acabando de chef en la barra de tapas. De la capital se vino con la receta de los huevos rellenos de atún, la tortilla de patatas, los callos con garbanzos, y las mejores croquetas del mundo. La referencia madrileña la llevó hasta las ruinas de Empúries, donde el Dr. Martín Almagro iba destapando poco a poco el pasado romano de l’Empordà. Como cocinera del campamento, mi abuela daba de comer a más de 30 trabajadores que a las órdenes del egregio arqueólogo zampaban buenos potajes aderezados con lo que ella encontraba en una España más bien escasa de todo. Finalmente recaló en Barcelona, sirviendo en casas de cónsules, desde el de Filipinas hasta el de Alemania, donde aprendió a poner la mesa de forma primorosa y a elevar la cocina a la categoría de arte.

En Navidad solía sacar la artillería pesada y recuerdo experiencias de tres estrellas: la sopa de albóndigas, la boullabaisse, y el faisán o la pularda al horno, que siempre compraba en la Boquería. Pero también los canelones, que aun siendo muy abulense aprendió las recetas tradicionales catalanas, mostrando gran maestría con el mestizaje culinario. Sus canalones  eran simplemente de otro mundo.

Mi madre era gran cocinera de arroces. Creo que en este caso más que herencia culinaria había arte y genética. Los calamares rellenos y la tortilla de patata también formaban parte de sus especialidades. Los pescados al horno y el fricandó eran memorables. Y sobretodo un plato que solía hacerme simplemente por verme feliz: las habas a la catalana.

Ni una ni otra están ya, pero su cocina perdura en mi cocina. Mi paso por Rusia ha incorporado el borsch, las sproti y el jalbá. Los huevos fritos con chistorra son el homenaje familiar al período navarro de mi marido. De él son los arancini y el zampone, especialidades italianas que han llegado para quedarse. Y a él le debo todo mi agradecimiento por ser el mejor proveedor que se pueda imaginar. Y así, nuestra cocina se convierte en alquimia de nuestras vidas y las de los que nos precedieron.

Hoy  casi acabando el descanso navideño, me siento agradecida por haber aprendido, por poder recordar y sobretodo por poder compartir.

En la cocina, como en la vida, las personas transformamos la realidad para poder alimentarnos y posiblemente también, para mejorar el mundo.