El mercado de Izmailovo-Измайловский рынок

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Izmailovo es el mercado al aire libre más grande de Europa. Se encuentra al este del centro de la ciudad  de Moscú, entre los dos cinturones que rodean la ciudad, que allí se llaman anillos, quizás recordando la opulencia zarista.

Hace 25 años, Izmailovo no era el bello y pintoresco mercado de souvenirs que es hoy, sino un lugar triste donde se mercadeaba con los restos del sistema socialista roto en millones de pedazos y objetos.

En el año 1991 me acostumbré a pasar los domingos por la mañana paseando entre sus calles. Mis compañeros de instituto tenían amigos en la ciudad con los que quedaban para comer.  Fue un tiempo en el que comer era algo heroico por la dificultad para encontrar comida, en una ciudad y un tiempo arrasados por la inflación y la ambición.

Cogía el metro y en 40 minutos llegaba a un universo paralelo donde se vendía todo. Se vendía la historia de un pueblo sometido a grandes males, un pueblo acogotado por su clima y sus dictadores. A veinte grados bajo cero, hombres de mirada triste y aliento alcohólico vendían su alma a través de cosas dispares. Iconos ortodoxos, gorras de plato del Ejército Rojo, pieles de zorro ártico, cajas de laca y cuadros pintados sobre corteza de abedul. Ajuares bordados delicadamente o peces de colores que nadaban como borrachos en peceras calentadas con velas, para que el agua no se congelara. Juegos de te de color rosa, Kalashnikov y relojes de astronautas. Libros viejos y yads de plata (los deditos de plata que usan los judíos para no tocar la Torá cuando leen), y cómo no, samovares de todos los tamaños y formas posibles.

Yo paseaba por las calles de Izmailovo  anestesiada por el dolor de generaciones perdidas en un ideal que se resquebrajaba vilmente, riendo cínico desde el pasado. La historia traicionaba a los millones de rusos que pasaron de la más pura miseria a la más pura maldad, pasando por la Gran Guerra Patria. Allí estaban vendiendo las migajas del pasado para conquistar un presente y un futuro inquietantes.

Compré poquísimas cosas. Me parecía obsceno aprovecharme de una situación miserable. Mi compromiso en los meses moscovitas, fue vivir de la beca que el Estado aún soviético, me pagaba por estudiar cartografía en una Universidad militar.

Pero un día encontré algo excepcional y no pude resistirme. Encima de una mesa destartalada un hombre sin dientes vendía los restos de uno de los mejores Atlas que se habían editado en el siglo XX. El Atlas se había publicado en 1905, antes de la reforma de la lengua rusa y los caracteres cirílicos. Era un libro maravilloso. Una rareza irresistible a los ojos de una cartógrafa. Nevaba y le pregunté cuánto pedía por el Atlas. Me dijo que no lo vendía entero, sino por páginas. Que así obtenía más dinero. Cuando yo lo encontré, ya había vendido algunas. Busqué entonces la doble página en la que aparecía la Península Ibérica. Gospodi! Allí estaban las páginas, con una edición primorosa, con un mar verdoso y un encarte detallado de Gibraltar, que los rusos están atentos a estas cosas. El hombre me pidió un precio que me pareció justo, pero en Izmailovo es obligado regatear (no hacerlo, y más hablando ruso, hubiera sido un signo de orgullo y mala educación), así que mejoré un poco el importe y me hice con la página de Испания и Португалия (España y Portugal). Seguí con mi paseo dominical. Nevaba cada vez más. Cuando la temperatura bajaba por debajo de los 24 bajo cero, una megafonía metálica avisaba a tenderos y visitantes de que la venta tenía que finalizar. En mi paseo posterior pensé que poca gente se interesaría por el resto de páginas, y que en realidad al hombre sin dientes quizás le iría bien que yo le comprara alguna página más. Volví a buscar la mesa de los mapas. Cuando me acerqué vi una multitud que rodeaba la mesa. El hombre sin dientes yacía sobre la nieve, inconsciente por un exceso de vodka. Las hojas del Atlas parecían haber cobrado vida. Unas volaban con la ventisca. Otras eran arrugadas por manos rudas y metidas en bolsillos de abrigos raídos. Otras caían al suelo y dejaban ir el verde de los mares sobre la nieve gris.

Apreté mi doble página y me fui de allí.

Hace 25 años que el mapa me acompaña y me recuerda la fragilidad de la memoria y los ideales de los hombres.

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La Habana-Barcelona

 

Hace 25 años me fui a estudiar durante unos meses a Moscú. Era el año 1991 y la Unión Soviética se desintegraba. Una forma de vida se deshacía, como la nieve moscovita en primavera, pero la sociedad soviética agonizaba de forma convulsa y violenta.

De ese período obtuve muchas ganancias y alguna pérdida. Entre las ganancias, se encuentra la que desde entonces considero la hermana que no tengo, pero que adopté en Rusia y que aún conservo. Liet, que así se llama ella, es una cubana que se apellida Lee. Lee, como los chinos repartidos por todo el mundo. Lee, de abuelo chino; de los chinos que construyeron la vía férrea en Cuba y de los que aún queda rastro en la isla.

Liet Lee, que aúna en una sola persona la astucia oriental y la alegría caribeña, se convirtió pronto en la mejor compañera posible y juntas transitamos con alegrías y penas por la aniquilación de un ideal histórico. Al poco de volver a Barcelona, en el año 1992, ella se exilió en Canadá con un marido ruso y muchas ilusiones, mientras yo volvía al Mediterráneo con mis proyectos y recuerdos.

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De esa hermandad mantenida en la distancia y el tiempo han quedado visitas, cartas, buenos deseos, fotos y una vida compartida en amistad a través del Océano Atlántico. Han venido hijos, en su caso maridos y divorcios, y varios viajes transatlánticos, en una amistad asombrosa que seguramente es convenientemente aderezada por la distancia oceánica.

Ahora que ha muerto Fidel, y con ecos de la Habana en la prensa, quiero recordar una de tantas y tantas cosas vividas en estos años. Hace unos cuantos  veranos, vino a Barcelona la hermana de Liet. Tras años de gestiones y sorteos, María Helena Lee obtuvo la preciada carta verde que permite a los cubanos, por la vía de un sorteo-a-la-comunista salir de la isla y ser acogidos en Estados Unidos. Así pues, la hermana mayor de Liet hace ya algunos años que vive en Portland como profesora de español. Tras varias gestiones, exámenes y formaciones diversas, María Helena vino a Barcelona, a hacer un curso de lengua, pero también a conocer la madre patria, que así ven la península ibérica algunos primos caribeños. En su estancia, nos encontramos en diferentes ocasiones. Y vivimos algún momento maravilloso.

Como si fuéramos Gregory Peck y Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma, así pasee yo a María Helena en moto por Barcelona. El mar, la montaña, l’Eixample, la plaza España, la Gran Vía, el barrio de Gracia…Se trataba de quemar gasolina mientras le iba contando cosas de la ciudad. Ciudad que he aprendido a amar de forma distinta desde que la enseño a amigos caribeños o esteparios, gente de Asia Central o ucranianos de mirada gris. Todos me regalan una forma nueva de contemplar los paisajes urbanos que me acompañan siempre. Su estupor y alegría ante la luz mediterránea, ante las palmeras, ante el mar, ante las gentes y los ruidos, me permiten valorar más y mejor lo que por habitual pierde su magia.

Magia que viví de forma particularmente intensa en el paseo motorizado con María Helena. Atravesando el barrio de Gracia, cerca de la plaza Rius i Taulet, María Helena me pidió que parara la moto.  Obedecí. Se ponía el sol y las fachadas de las casas parecían de otro mundo, tal era la intensidad de los colores. María Helena se bajó, se quitó el casco y emocionada me dijo:

– Cristi, esto huele a Habana Vieja!

En sus ojos había lágrimas. Ella hacía años que no podía entrar en Cuba y nuestro querido barrio de Gracia la había transportado al Caribe sin mediación racional, simplemente por un parecido razonable.

Gracias María Helena, por hacerme creer que en Barcelona se esconde un trocito de Cuba.

Las grandes virtudes

“Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y saber.”

Para lograrlo es necesario no tener miedo, sino confianza.

Alegría y no temor.

Desprendimiento y no codicia.

Generosidad y no escasez.

Idealismo ante todo, y fuerza para seguir luchando en la creencia, cierta o no, de que el mundo necesita de lo mejor de cada uno.

Y nunca confundir las grandes virtudes, las que ya están en el interior de un niño, con las pequeñas virtudes engendradas en una sociedad confusa. Las grandes virtudes sólo deben aflorar, las pequeñas hay que inocularlas. Sin embargo resulta más difícil la surgencia de lo grande en cada uno de nosotros que la adopción de lo externo y pequeño, que curiosamente se realiza con un trabajo relativamente sencillo.

El único camino para que cada uno encuentre lo grande en si mismo pasa por inocular el virus de la búsqueda, la inquietud para que cada uno se pregunte qué ha venido a hacer aquí, y la fortaleza para no desfallecer en la pesquisa de las propias grandezas.

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La abeja trabaja y no se pregunta nada. La araña se camufla y espera.

La máquina búlgara

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El pasado mes de marzo viví una situación que da para un pequeño cuento.

El 2 de marzo recibí un correo de una vieja amiga y compañera de clase de ruso, Natalia. Una amiga suya necesitaba deshacerse de un objeto familiar, pero no quería tirarlo o dejarlo en unas manos que no apreciaran su valor.

La máquina en cuestión es una preciosa máquina de escribir Continental del año 1928. No es una máquina cualquiera, ya que permite escribir con caracteres cirílicos y latinos.

Los objetos con cierta historia me resultan atractivos. Suelo imaginar qué otras manos los han tocado o qué historias habrán presenciado.

Nory, la donante tenía prisa. y el hecho de que yo pudiera desplazarme rápidamente al lugar en el que la máquina esperaba me permitió ser la receptora de la herencia.

Un mediodía quedamos en el piso,  un precioso apartamento en la calle Balmes, lleno de luz mediterránea pero también del silencio del duelo. Muebles antiguos, lámparas de lágrimas esperaban en un piso donde olía a pena y final. Nory estaba vaciando el piso familiar, tras la muerte de su madre. Resultó que sus padres, judíos búlgaros habían emigrado de su ciudad natal, Sofía, tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Después de un viaje por Europa y una larga estancia en Uruguay recalaron finalmente en la Barcelona franquista. En ese piso de la calle Balmes vivieron, educaron y criaron a sus hijos.

Y allí estaba yo escuchando una larga historia familiar de exilio y resistencia, pero también una historia sobre el valor de la acogida, aunque fuera en un país sometido a una dictadura. Lo malo puede ser muy bueno, según con qué está siendo comparado.

Finalmente pregunté porqué se deshacía de la máquina, y simplemente comentó que ya no le cabían más cosas en casa. Eran muchos los pisos que habían ido montando y desmontando a lo largo del periplo familiar, y tenía que escoger qué objetos se quedaban con ellos y cuáles podían pasar a otras manos.

Tras esa explicación, fue a buscar la Continental a una habitación al final del pasillo. La máquina estaba embutida  en una maleta que cerraba con unas correas de cuero. Nory  me la acercó. Era un armatoste pesado, lleno de polvo. Se notaba que hacía mucho tiempo que nadie la había tocado.  Sin embargo cuando logramos sacar la máquina de la funda, viví el instante mágico que justifica el presente relato. Una máquina esplendorosa, que parecía hablar, con sus teclas con los caracteres cirílicos debajo de los latinos, me pareció ser la perfecta metáfora de mi amor por lo eslavo. Negra y dorada emanaba el lujo de otra época. Nory trajo papel y la probé. Escribí Привет! (Hola!) en ruso, utilizando esas teclas que sonaban con un sonido lejano de otro tiempo.

En ese instante Nory entendió que yo la podía usar utilizando ambos alfabetos. Natalia no le había contado que yo hablaba ruso. Fue entonces cuando ella vivió su momento mágico.  En ese instante nos miramos y ambas quedamos convencidas de que el regalo quedaría en buenas manos.  Nory volvió a desaparecer por el pasillo, esta vez con cierta precipitación, y volvió con una carpeta azul, vieja y llena de papeles. La abrió delante de mí, con manos temblorosas y la voz un poco rota. Entonces el círculo de esta historia se cerró:

– Cristina, estos son los papeles que mi padre le hacía escribir a mi hija cuando le enseñaba ruso. Quizás tú los podrás entender.

Nory no hablaba búlgaro ni ruso, pero su padre, que resultó ser el campeón búlgaro de mecanografía, con la que ya era mi Continental, intentó enseñar la lengua familiar a una de las nietas. Esas cuartillas, con palabras sueltas y frases intrascendentes para practicar mecanografía, se vinieron a casa, cerrando el círculo de una herencia curiosa. No había nada importante en ellas, salvo el deseo de un abuelo por enseñar lo mejor de sí mismo a su nieta.

Hay en este relato alguna cosa que se me escapa. Es algo sutil sobre la historia de Europa, la historia de una familia y mi propia historia. Todas unidas por una máquina de escribir. Quizás la Continental, con un poder que desconozco pero que actúa en mí, es la causante de mi nueva necesidad de escribir.

Por si acaso, gracias.

Pequeños regalos

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Dedicado a E.C.

Tan sólo hace unos días que comparto este blog con algunos amigos seleccionados. Y las alegrías han llegado pronto. Ester, compañera, vecina y amiga, dejó ayer discretamente sobre el teclado del ordenador en mi desordenado despacho, un delicado y bien seleccionado regalo. fullsizerender-9

Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg (nacida en Palermo en 1916 como Natalia Levi), recoge un lúcido retrato de su época, con una atención al detalle que me resulta familiar. Me pregunto cómo a través del tiempo y de las letras, las personas comparten una misma forma de atención, un gusto parecido por algunos adjetivos, una mirada similar por las cosas y los otros. En esa conexión a través del tiempo y las palabras no quiero olvidarme de la traductora, Celia Filipetto, que sin duda alguna ha sabido escoger esos adjetivos que me permiten pensar que conozco realmente a la Sra. Ginzburg. Que transito por Italia, los Alpes, Roma o Londres con ella. Las descripciones de la Sra. Ginzburg ponen las justas palabras a cosas que yo también he visto, he transitado, olido o gustado. Conectar personas de tiempos y espacios distintos a través de unos simbolitos negros sobre un papel es pura magia. Y el acto de leer, en algunas ocasiones, nos eleva por encima de nosotros mismos para conectarnos con el mundo. En esta ocasión, Ester, Natalia, Celia y yo misma estamos conectadas por el instante mágico de las pequeñas virtudes.

Los buenos regalos son naturalmente una fuente de inspiración.

Gràcies, Ester.

Los pies (pequeños) sobre la tierra

1.En la sección About (https://cusdoga.wordpress.com/about/) de este blog dice:

             “La atención es la más pura y excepcional forma de generosidad”

2. La frase es de Simone Weil, una de las más originales filósofas de la Francia de posguerra. Simone,  se interesó por la atención como medio para disminuir el mal en el mundo, y habló de la contemplación como un camino de mejora.

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3.  La atención consiste en suspender el pensamiento, dejándolo disponible, vacío y sujeto a la penetración del objeto.

4. La vigilancia es el “cuidado y atención exacta en las cosas que están a cargo de cada uno”.

5. Cuando vigilo un examen suelo sumergirme en una atención plena. El pensamiento cesa y queda sometido a la vigilancia. El tiempo cambia de calidad y la mirada y la escucha se concentran en lo que sucede fuera.

El otro día, vigilando un examen observé cómo un alumno, discretamente se quitaba los zapatos. Sus pequeños pies se posaron en el suelo. Le observé discretamente, largamente.

Finalmente un impulso me hizo preguntarle, con una curiosidad suave:

– ¿Por qué te has quitado los zapatos?

Él desde sus diez años me contestó:

– ¿No sabe que con los pies descalzos nos concentramos mejor?

Los pies (pequeños) sobre la tierra son una fuente de inspiración.