La ceremonia del te

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El paso del Gran San Bernardo es uno de los puertos más bellos de los Alpes. Por este paso se cree que Aníbal atravesó la cordillera con sus elefantes. Antes se había construido allí el Templo de Júpiter Penino, y por eso durante muchos años fue conocido como el Puerto del Monte Júpiter. En el año 990, Sigerico de Canterbury se trasladó desde la ciudad en la que ejercía como Arzobispo hasta Roma, para recibir sus credenciales, atravesando también el paso de San Bernardo y fijando la ruta que en la actualidad se conoce como Via Francígena.

Como los Alpes son más duraderos que las civilizaciones, unos años después Bernardo de Menthon quiso edificar allí un hospital, refugio y congregación, con la función de asistir a las personas que por necesidad o deseo atravesaban los Alpes. Y unos ocho siglos después, Napoleón Bonaparte con exactamente 46.292 soldados atravesó el puerto para conquistar tierras italianas.

Este verano, cumplí el sueño de caminar por los Alpes, cruzando, quizás en un intento por entender y rememorar tanta épica histórica, el Paso del San Bernardo. Un viaje a pie de 80 kilómetros, en familia, con equipaje escaso, mucha ilusión y algo de esa épica.

Tras cuatro días de marcha a pie, siempre en pendiente ascendente, llegamos al puerto de montaña. Agotados y con frío, e ignorantes de todo lo bueno que venía después. Allí, en el convento fundado hace casi mil años por San Bernardo de Menthon, nos esperaba un monje, sonriente y políglota, para ofrecernos la mejor taza de te que he bebido jamás. La alegría por haber logrado el objetivo, el silencio del convento, la comunión con otros caminantes con la misma cara de cansados que nosotros pero con la sonrisa cómplice de los que han logrado algo, convirtieron el momento es una fiesta de agradecimiento.

La pausa que supuso tomar esa taza de te, antes de continuar camino en descenso hacia los valles italianos, me permite agradecer ahora la atención de todos los que sirven un te al peregrino, todos los que acogen al extranjero. Ellos seran siempre para mí una fuente de inspiración.

Los luthiers

fullsizerender-8  “Cojito”

Hoy es Santa Cecilia, patrona de los músicos y merecedora de alguna de las más bellas esculturas que jamás se han hecho.

Y por ello comparto un bonito episodio que me produce siempre una ola de agradecimiento cuando lo recuerdo.

Llegando al final de la treintena y viendo que la pasión de mis hijos por la educación musical se iba enfriando en la misma medida en que iban ganando mayores cotas de libertad y pensamiento propio, decidí que añoraba una educación musical, que en mi propia infancia había sido barrida del escenario por mi pasión deportiva.

Así pues, a los 39 años me propuse empezar a tocar un instrumento. Mi sueño era el violín, pero una profesora que me conocía bien,  me hizo ver con gran criterio que quizás iba más conmigo el violonchelo. En realidad cualquier instrumento de cuerda frotada me parecía bien. Ella me contó que las notas que emite el violonchelo son las que más se acercan a la frecuencia de la voz humana, y esa característica ya de por sí me gustó. Del mismo modo, que la función habitual del chelo sea el acompañamiento me sedujo también. Que la tesitura del chelo sea un poco más grave que la del violín también me parecía algo a valorar.

En realidad lo más interesante fue descubrir que nosotros no elegimos el instrumento, sinó que son ellos los que eligen a sus intérpretes.

Así que el chelo fue el instrumento que me eligió, y empecé mis clases. Los primeros meses tocaba con un pequeño chelo que me dejaban en la escuela de música, pero mi pasión adulta, hizo que pronto sintiera la necesidad de comprar mi propio instrumento.

Después de una rápida investigación, vi que comprar un chelo era cualquier cosa menos sencillo y barato. Por suerte mi querida profesora tenía un recurso especial. Ella me habló de un luthier muy particular: el Sr. Rossinyol (el Sr. Ruiseñor! ¿Puede haber un mejor apellido para convertirse en luthier?). Él Sr. Rossinyol ha sido muchos años contrabajista de la orquesta del Liceo, y entre ensayo y representación, repara  y construye instrumentos de cuerda. La ventaja del Sr. Rossinyol es que, partiendo de cajas de resonancia de bajo coste venidas desde oriente, él es capaz de mejorar el sonido del instrumento cambiando algunas piezas, el clavijero, el mástil, las cuerdas…consiguiendo instrumentos dignos a muy buen precio.

Así pues, parecía claro que debíamos visitar al luthier con apellido de pájaro cantor. Mi profesora y yo quedamos en su taller para ver qué tal funcionaba la desorientalización de aquellas cajas de resonancia.

Un sábado por la tarde Sara y yo entramos en un piso oscuro del barrio de Navas y el luthier nos llevó hasta el salón. Allí, encima de los sofás, de las mesas y también arrimados a las paredes , esperaban para ser adoptados unos quince o veinte violonchelos. El Sr. Rossinyol le ofreció una silla a Sara, que empezó a probar los instrumentos uno tras otro. Aunque ella es una excelente intérprete, no encontraba ninguno que le gustara. Empezamos a ponernos nerviosas. Parecía que me iba a quedar sin chelo. Con un último esfuerzo, Sara preguntó:

– No tiene ninguno más para ofrecernos?

Reacio, él contestó:

-Bueno, sí. Tengo uno, pero es un poco especial.

– Por qué?- dije yo.

-Bueno, este chelo vino con el mástil roto, y tuve que hacer una reparación muy grande.

El chelo en cuestión estaba semi-escondido en una esquina, en penumbra, detrás de chelos más brillantes. Tal como el Sr. Rossinyol nos lo acercó, él mismo nos enseñó el lugar de la cicatriz. Efectivamente en la zona del caracol superior se veía claramente una profunda rotura, que él había reparado con esmero.

Sara lo tomó de sus manos y empezó a afinarlo. Tocó un sol. Un sol mayor, redondo, completo, brillante. Y de pronto,  los tres vivimos un momento mágico, inolvidable. Sara empezó a tocar la suite número 1 de Bach. Todas las notas se sucedían potentes, claras, cristalinas, sin asomo de cicatriz alguna. Aquel chelo se hacía escuchar y no dejaba lugar a la duda. Aquel chelo era mi chelo, con su cicatriz y venido desde oriente, pasando por la penumbra del salón del luthier.  Con un sonido amplio, potente y masculino en la notas mayores pero melancólico y eslavo en las menores, aquél era mi chelo.

“Cojito”, que así se llama, me mira desde el rincón esperando que le arranque alguna de esas maravillosas notas que sólo él sabe emitir. Tan cercanas a la voz humana. Tan completas y sentidas como sólo un instrumento roto y reparado puede dar.

Y cuando yo lo miro a él, siento agradecimiento hacia el Sr. Rossinyol, hacia Sara y hacia todos los luthiers del mundo. Siempre serán para mí una fuente de inspiración.

Feliz día de Santa Cecilia.

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Santa Cecilia, Stefano Maderno, 1600

 

Los editores de listas musicales

img_2498 Hace aproximadamente tres semanas que mis tardes se ven amenizadas por la música que un desconocido ha convertido en una lista de Spotify. Acoustic and Folk es el nombre de la mágica lista, en la que no aparece ni una sola canción que no me guste. La cosa tiene su mérito, ya que la lista se compone de 345 canciones… lo que vienen siendo 18 horas de música.

Son 18 horas de sorpresa y disfrute absolutamente gratuitos, que me ha regalado un completo desconocido. Bueno, no tan desconocido ya que Spotify proporciona el nombre del autor de lo que a mi se me aparece como una gran hazaña del buen gusto. Las iniciales del editor musical son MH, y saltando de red social en red social he podido averiguar que es un treintañero alemán, al que sin él saberlo y sin yo esperarlo, le debo muchas horas de disfrute como oyente.

Gracias a MH y todos los editores anónimos que amenizan la vida del resto del mundo. Siempre serán para mí una fuente de inspiración.

Los podadores

En el centro de la Plaça Francesc Macià hay un pequeño oasis rodeado por un río de coches. El oasis es la rotonda de una de las avenidas más congestionadas de Barcelona, la Diagonal. En esa rotonda hay un árbol bellísimo, de impresionante porte, con grandes hojas de un verde lejano, un verde de Pampa.

ombuEl ombú, es una planta herbácea de sonoridad africana pero de origen americano. También es conocido como el amigo del gaucho, porque su sombra da cobijo a los gauchos en sus travesías por la Pampa. Y quizás el nombre más sugerente es el de bellasombra. Y aquí no hay que añadir mucho más.

Hoy, he descubierto que el ombú de Francesc Macià fue plantado en 1914. Este árbol ha vivido ahí desde el inicio de la Primera Guerra Mundial. Ha visto pasar carruajes, tranvías, coches y motos; guerras y acuerdos de paz. Alcaldes, reformas, y vecinos diferentes. Él sigue ahí, floreciendo y reverdeciendo casi impúdicamente cada primavera.

Desde que tengo memoria cuando paso por la plaza busco con la mirada las ramas del ombú, y cuando por fin lo veo, lo saludo secretamente. La rotonda ha ido cambiando, pero cada primavera reaparecen los jardineros del Ayuntamiento que se afanan por arreglar el parterre que ha quedado deslucido tras los grises y húmedos inviernos de Barcelona. También podan algunas ramas de la bellasombra y cuando les veo trabajar, deseo que cuiden bien del  árbol. No les conozco. Ni ellos a mí, pero se que su trabajo y mi emoción están unidos por un bello árbol. Un ombú que cada mañana y cada tarde me regala un saludo verde e imponente, impasible ante el tráfico y la prisa del resto del mundo.

 

Los practicantes de tai-chi

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De vez en cuando paso por el Hospital del Mar para revisar alguna articulación que da la lata.

El Hospital del Mar fue el lugar donde murieron mi querido suegro José María, y mi indispensable madre Carmen. Ha sido un lugar asociado a la enfermedad, la pena y la muerte durante mucho tiempo. También es el lugar donde trabaja, donde cuida de sus pacientes mi compañero, mi amigo amado, Josep.

El tiempo pasa, y debe ser verdad que sólo Eros puede vencer a Tanatos. El compromiso de Josep con sus enfermos, al igual que el de los médicos que atendieron a José María y Carmen en su tránsito, me da esperanza y alegría para afrontar las miserias de la vida.

El tiempo pasa y cuando me acerco al hospital ya no siento el miedo y la rabia que sentía hace un par de años. Poco a poco el agradecimiento se abre paso, y donde el dolor quemaba, se ha instalado el dulce recuerdo de los amados que ya no están, pero que permanecen en el corazón.

Cuando llego a la playa casi al amanecer, antes de entrar en el hospital busco secretamente a dos personas a las que no conozco, pero que me han ayudado sin saberlo. Son dos personas que practican tai-chi en el espigón de la playa de la Barceloneta. Se encaran al sol y se mueven armoniosamente, disfrutando de la luz y del silencio matinal, contemplando el mar. Yo las contemplo a ellas y siento, sin tener que pensar, que estamos unidos por hilos invisibles, pero reales. Cuando los miro, me invitan a contemplar el mundo sin juicio, sólo con gozo y agradecimiento.

Hoy celebramos la mayoría de edad de mi sobrino y ahijado. Doy gracias por los que estaremos y por los que estarán de una manera diferente, y doy gracias por todos los anónimos practicantes de tai-chi que hay en el mundo.

Siempre serán para mí una fuente de inspiración.