Caminar sola, camminare insieme

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Mientras hay pies en los zapatos y una cabeza sobre los hombros, las personas podemos decidir hacia dónde dirigir nuestros pasos. En mi caso, imagino que como en el de muchas personas, ha sido difícil encontrar hacia dónde ir. Ahora me parece que lo sé. Pero en realidad, lo que sé es que con el devenir de la vida a veces hay que reorientar la brújula y modificar un poco o un mucho el destino. Así que, aunque parezca que sabemos hacia dónde vamos, es probable que tengamos que ir modificando el destino una y otra vez. Y posiblemente, hacerlo con alegría sea una buena estrategia.

Al placer que siempre me ha producido caminar, con los años he añadido un matiz al verbo, de tal manera que a la simplicidad del caminar, he añadido la observación de la diferencia entre caminar sola y caminar acompañada.

En mi juventud anduve siempre acompañada. Muchas excursiones y ascensiones en grupo, con compañeros de colegio y monitores, poco mayores que yo. En ese tiempo un jesuita me enseñó el valor del esfuerzo individual, de la superación física, y con el tiempo, cuando el esfuerzo individual ya estaba entrenado, me mostró el valor del servicio a los demás. Pronto dejé de ser acampada para ser monitora. Seguía disfrutando de la ascensión conjunta, pero se añadía el peso de la responsabilidad. Las cosas se ponían difíciles. Empezaba a abandonar la preocupación por mis pasos, para estar atenta a los pasos de los demás. La calidad de mi caminar se había modificado. Había pasado del ensimismamiento a la atención exterior.

Poco después, mi estancia en Rusia me llevó a viajar y pasear sola. Me reencontré con el paseo solitario y me reencontré conmigo misma. En el viaje o el paseo solitario uno no tiene más remedio que encontrarse con el entorno y con uno mismo. No hay escapatoria. Pronto descubrí que el paseo solitario me resultaba imprescindible. Sin el encuentro conmigo misma no podía encontrarme con nadie. Poco a poco destilé la sospecha de que no se puede estar realmente con nadie si antes no se ha estado con uno mismo. Y de ese aprendizaje han transcurrido 25 fecundos años .

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A mediados del mes de julio pude caminar sola por la Sierra de Francia. Caminar sola entre canchales y pinos, escuchando el sonido del agua, atenta a mis propios pasos y a la naturaleza… es una de las formas más poderosas que tengo para descubrir quién soy. En ese caminar descubro que mi yo va mutando. Creo que las personas somos entes que van cambiando mientras pensamos erróneamente que estamos del todo acabados.

No tengo grandes certezas, sino más bien sospechas, intuiciones. Quizás lo más interesante de lo intuido en soledad, es la sensación tensa y dual de ser un todo y una nada. Completa en mi misma y a la vez incompleta, percibo la necesidad de transitar de la soledad a la compañía para dar y recibir. Mi totalidad en realidad se perfecciona cuando me conecto con los demás,  con el mundo, con la naturaleza.  Con lo bello y con lo feo. Pero lo curioso es que sobretodo percibo esa necesidad cuando camino sola. Es en soledad y silencio cuando percibo que soy una parte infinitesimal de algo que me trasciende, de un algo difuso pero real y mundano, sin fronteras claras, pero que existe. El paseo solitario me construye y reconstruye, para que de algún modo el retorno al mundo me pueda deconstruir, y en alguna ocasión, destruir.

En el mes de agosto he caminado acompañada. He recuperado la modalidad de juventud, pero con unas rodillas y un espíritu que ya no pueden ser los de entonces. Esta nueva modalidad de camino en compañía pero sin responsabilidad, me ha agradado especialmente. Simplemente me he dejado llevar, dando un paso tras otro, en peregrinación familiar. Mi compañero y mis hijos han sido la compañía, y creo que mi papel se ha acercado más al de acampada que al de madre o esposa. Me ha gustado por unos días sentir estrictamente el reto físico y dejarme llevar por la belleza del paisaje desconocido, por las inclemencias del tiempo y por la sensación de que la vida, con mayúsculas, requiere de retos de largo recorrido, más cercanos a la épica maratoniana que al esprint contemporáneo. En este caminar irresponsable he descubierto varias cosas.

El año pasado, en la primera edición de nuestro paseo familiar, atravesamos los Alpes desde Suiza hasta Italia. 80 kilómetros y casi 5.000 metros de desnivel acumulado. Este año han sido 109 kilómetros, con menor desnivel, siempre descendente y siempre hacia el sur. En estos 24 meses de reflexión pausada, de pensamiento-sloway, he percibido que la Tierra, ese objeto del que tanto hablo como profesora de geografía, tiene una dimensión humana. Caminable. Se pueden atravesar los Alpes a pie en cuatro días. Se puede recorrer todo el Valle de Aosta y llegar al Piamonte en cuatro días más. En 10 días a tempo humano se puede atravesar una gran frontera natural; se puede pasar del ordenado carácter suizo, al también ordenado y peculiar carácter valdostano, para, poco a poco observar como de los verdes-casi-negros abetos se llega a los amarillentos robles y las dulces vides. Tan sólo en una semana la Tierra nos ha ofrecido escenarios diversos, todos bellísimos, todos mostrando algo de la relación entre el hombre y su entorno. La dimensión humana y caminable de la Tierra la ha vuelto humana a mis ojos, y de esa humanidad surge un nuevo respeto, por su cercanía, por su nueva-para-mí pequeña dimensión.

En nuestro caminar lento hacia el sur he aprendido otra cosa. Poco a poco, a medida que el territorio perdía su inclinación y el clima se atemperaba, la huella del hombre se iba intensificando. Muy sutilmente, casi a cada paso, iba sintiendo cómo la presencia humana era más y más transformadora. El viaje al sur también era un viaje en la historia. Si en el alpino Paso del Gran San Bernardo durante 6 meses al año sólo viven dos docenas de monjes envueltos en nieve y oración, en el Piamonte actual viven cuatro millones de personas. Hemos pisado calzadas romanas, atravesado maravillosos puentes construidos en el siglo I a.C. , y también hemos cruzado autopistas y vías de tren que soportan la Frecciarossa, el rojísimo tren de alta velocidad italiano. Ha sido en ese contraste temporal en el que me he preguntado dónde queda la reflexión sobre el cuidado del entorno. Nunca como hoy el hombre puede ser más transformador, y sin embargo me ha parecido que falta reflexión, respeto y reverencia por un planeta que al fin y al cabo nos sostiene, nos da pie, nos permite caminar…sobre él. Thich Nhat Hanh, maestro budista  dice “camina como si besaras la Tierra con tus pies”. Ese pensamiento me ha acompañado estos días, y siento que así será en el futuro, independientemente del destino del viaje.

Y el último (?) de los aprendizajes ha sido el que tiene que ver con las dos modalidades de mi caminar. He observado cómo la combinación de soledad y compañía, pero también de silencio y palabra, acción y contemplación configura una receta valiosa para vivir con sentido. Hay en la receta una cierta tensión que obliga a oscilar entre la paz de la soledad y el esfuerzo de la convivencia. Pero es en la convivencia donde he constatado el valor de la soledad; es en el caminar juntos donde fructifica el valor del silencio. Es en la tensión entre el deseo y la obligación donde hallo la vereda de mi vida. Y me gustaría seguir esa vereda como si en cada acto besara al mundo entero, como si en cada paso besara la Tierra con mis pies. Y a los que camináis conmigo, también.

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La madalena de Proust y el tomate de Tona

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Lavando tomates en Campo de’Fiori

Hoy mi querido compañero ha preparado un fabuloso gazpacho con remolacha. Hace dos veranos que es la especialidad más demandada en casa. Más dulce y con regusto a tierra es una variante de nuestra sopa fría más patria, pero que con el uso de la remolacha también puede recordar a la okroshka ucraniana, lo que a mí ya me va bien.

Sin embargo hoy estaba especialmente dulce. En la nevera quedaban unos tomates pera que compro de forma casi compulsiva, y mi amigo los ha usado en la sopa de hoy. Y por eso el resultado ha sido un poco diferente y especialmente atractivo a mi paladar. Soy a los tomates pera, lo que sería un perro policía a cualquier droga escondida en un depósito de gasolina. Los hallo por muy camuflados que estén. Tenemos una relación intensa. Ellos tienen sobre mí un poder especial y por eso mis sentidos se han entrenado a lo largo de muchos veranos para encontrarlos allí donde se encuentren.

Los tomates pera tienen el poder de trasladarme de forma automática al Shangri-la de mi infancia. Del mismo modo que Proust, al probar una madalena mojada en té podía trasladarse a los domingos con su abuela Leoncia en Colonges, yo puedo viajar al pequeño pueblo de Tona, escenario perfecto de mis veranos infantiles.

Durante unos años mis padres alquilaban en Tona una casita de pueblo que tenía detrás un pequeño patio. Ese patio pronto se convirtió para mí en una escuela de naturaleza. Insectos y flores de todo tipo me sorprendían día tras día. Orugas peludas, arañas, escarabajos, hormigas con alas, sin alas, negras, marrones, rojas, grandes, pequeñas….Flores diversas entre las que recuerdo especialmente las de una planta de alcachofa que se erguía altiva en mitad de un parterre, que a su lado se mostraba humilde y soso. Y en esos días que transcurrían lentos pero llenos de asombro, aprendí a amar la naturaleza y a verla como una parte de mí, o mejor dicho, a verme a mí como una parte de ella.

Y de entre esos días tranquilos, guardo en mi memoria como un verdadero tesoro, las excursiones al huerto de la señora María. La señora María era una vecina soltera, muy soltera, que de vez en cuando pedía a mis padres que mi hermano y yo fuéramos a merendar a su huerto. La señora María no era de Tona, sino de Vic. Digamos que era una rica de provincias que se trasladaba unos quilómetros de su ciudad habitual a un pequeño pueblo para pacificar su vida de los chismorreos que sufría en su Vic natal. No era ella quien trabajaba el huerto, sino que como dueña y señora de un pequeño Jardín del Edén, disfrutaba de los atardeceres y los dulces frutos que el trabajo del señor Pere hacía brotar en esa parcela prodigiosa.

La señora María siempre llevaba vestidos de grandes estampados, que a mi me recordaban el huerto, y sus gafas de sol la hacían aparecer un tanto misteriosa. De trato serio en general, cuando íbamos con ella al huerto, su mirada y su voz se dulcificaban. Bien pensado, creo que simplemente al no tener que tratar con adultos que la juzgaban, sino con dos niños, su registro cambiaba. Se relajaba de un modo sutil pero visible.

El huerto era muy grande y todo él estaba rodeado por una tapia alta, de manera que quedaba separado realmente del mundo exterior. Era como la Ciudad Prohibida de las judías verdes, los tomates y los crisantemos, que crecían pletóricos en la tapia del fondo.

Mi hermano y yo salíamos con la señora María hacia las cinco de la tarde y caminábamos un buen rato hasta que llegábamos a la puerta del huerto-jardín. Dos grandes candados de hierro, que se abrían con sendas grandes llaves, también de hierro, separaban el mundo real del paraíso. A la derecha de la puerta quedaba una pequeña construcción que tenía ínfulas de glorieta. En realidad era una pequeña habitación oscura, un poco húmeda, en la que había dos bancos arrimados a dos paredes perpendiculares y azules, separados por una pequeña pila con su grifo.

Normalmente al llegar, la señora María se refugiaba en la pseudo-glorieta para refrescarse, pero mi hermano y yo empezábamos a correr entre los bancales donde se alineaban lechugas, zanahorias, judías, calabacines y tomates. El señor Pere cuidaba primorosamente del huerto y éste correspondía con una abundancia casi tropical. A mi me gustaba correr hasta el fondo, donde se encontraban los crisantemos. También había menta, que crecía por doquier como una mala hierba, y me acercaba  a la hiedra que quedaba en una esquina de la parcela y refrescaba un poco la tapia. A veces, si hacía mucho calor, la Sra. María me acercaba la manguera y me dejaba regar los crisantemos, pero me avisaba:

-Sobretodo que el agua no salpique las flores, que se quemarían.

Yo no entendía cómo el agua podía quemar las flores, pero por si acaso regaba con tanto cuidado como podía.

Finalmente, cuando ella ya se había refrescado y había dado una vuelta para observar la evolución de todo lo plantado, nos llamaba a mi hermano y a mí hasta la puerta de la pseudo-glorieta y nos decía:

– Bueno, vamos a merendar. Podéis escoger un tomate cada uno. Pero… escogedlo bien, eh?.

Ese eh? me parecía la mayor provocación vital que yo podía soportar. Mi hermano y yo nos dábamos media vuelta y nos íbamos hacia las tomateras. Y es ahí donde se inicia para mí el verdadero milagro. Me recuerdo a mi misma en profundas cavilaciones, mirando con atención plena todos y cada uno de los tomates que se ofrecían como el mayor tesoro del universo. Me recuerdo a mí misma hablando internamente con cada tomate. ¿Serás dulce? ¿Estás ya maduro? ¿Tu piel será fina? y de pregunta en pregunta iba cerrando el círculo de los elegibles. Paladeaba la libertad de elección como una fruta prohibida. Me parecía que cualquier cosa era posible y que yo tenía el gran poder de la libertad de elegir un tomate. Cuando finalmente había escogido uno, con un cuidado infinito arrancaba el tomate de la planta, no sin sentir que en ese acto mi intervención era radical. Ese tomate ya no crecería más, no maduraría más. Mi mano lo arrancaba de la planta de forma definitiva e irreversible.

Entonces volvíamos a la glorieta (en ese momento, con el tomate en mi poder la construcción ganaba prestancia) y en la puerta la señora María nos decía:

– Lavadlo y lavaros las manos.

La oscuridad y frescor del interior me parecían maravillosos. La construcción ya era casi un templo. Lavábamos el tomate y también nuestras manos y entonces nos sentábamos en los bancos, uno a cada lado del pilón. Y por fin, la señora María decía:

– Ya podéis merendar.

Y en el primer mordisco de ese tomate tibio, dulce, elegido en libertad, se concentraba para mí el universo entero. Pensaba en todos los insectos y flores que había observado, pensaba en el señor Pere y sus grandes manos, pensaba en mis padres y mi abuela, que no tenían el privilegio de comer ese fruto delicioso, pensaba en los tomates que no habían sido elegidos y que suponían en sí mismos futuras elecciones, pensaba que nada en el mundo podía ser más bueno.

Durante 40 años he rememorado ese instante eterno, he comido miles de tomates pera, en decenas de lugares. Y por suerte para mí, el instante original, el que me ayuda a entender mi lugar en el mundo, mi relación con la naturaleza, con la libertad, con la responsabilidad de la elección, el que me lleva a dar gracias, el que me invita a disfrutar de las pequeñas cosas, sigue intacto.

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Tona, 1977
Gracias María. Gracias Pere. Gracias Gaia.

 

De las hortensias

IMG_8827Cuando el año pasado estuve en las Batuecas, las dos plantas de hortensia que flanquean la puerta del convento mostraban sin decoro una floración espectacular. Decenas de flores azules adornaban el espacio. A su vez las flores atraían a decenas de abejorros que se ocupaban de la polinización, ajenos a cualquier otra cosa que no fuera cumplir con su deber.

El florecimiento de las hortensias era realmente excepcional y como no podía ser de otra manera este año tenía la expectativa de reencontrar aquel bien azul. Sin embargo este año las hortensias contenían sólo un par de flores, un tanto descoloridas y poco alegres. La planta mantenía su vigor verde, pero sin flores.

Mi afán protocientífico se preguntaba cuál podía ser la razón de la diferencia entre los dos veranos, las dos visitas. El agua, la temperatura…? Ninguno de los factores presentaba diferencias significativas y sin embargo las plantas se mostraban de forma bien diferente con un intervalo exacto de doce meses.

Mi inquietud por tan esencial cuestión me llevó a preguntarle a Ramón, el prior, cuál podía ser la razón. Ramón se caracteriza por la aguda y profunda mirada sobre las cosas y el mundo, destilada a lo largo de muchos años de experiencia carmelitana, la práctica del silencio pero también de la palabra, abonada en la Cuba comunista, lo que le aportó sin duda un conocimiento muy peculiar de las dificultades de la vida.

Nuestra conversación se inició mientras me daba instrucciones sobre como limpiar la fuente de la entrada. Una vez recibidas las instrucciones, me atreví a preguntar por las flores ausentes. Me miró y, como habitualmente, intercaló un silencio que el común de los mortales consideraríamos demasiado largo, antes de contestarme.

-Has podado alguna vez una hortensia?

– No, respondí mientras me sentía un poco idiota por no haber considerado la acción del hombre en la falta de floración.

– No es fácil- me dijo. Otro silencio, largo. -Si no podas todas las ramas por igual, cuando florece no lo hace de forma uniforme. Si podas unas pocas ramas, cada una de ellas va floreciendo en una secuencia que no permite la floración conjunta. Sin embargo, si la podas toda por igual, sin dejarte ramas, todas a la vez, cuando florece, todas las flores lo hacen a la vez, juntas.

Ahí se acabó nuestra conversación. En una clausura papal las conversaciones no son largas a no ser que haya un muy buen motivo.

Larga ha sido mi reflexión sobre la respuesta. Son distintos los caminos de la reflexión ante una conversación que podría ser un koan zen, pero quizás hay uno que es el más relevante para mí, y que Samuel Johnson sintetizó muy bien a mediados del siglo XVIII:

“La verdadera grandeza consiste en ser grandioso en las pequeñas cosas”

Gracias Ramón. Gracias podador desconocido. Gracias hortensias sin flores.

 

Del árbol muerto

 

En el Desierto Carmelita de San José de las Batuecas hay un árbol muerto, un árbol fosilizado que me enseña algo cada vez que lo contemplo. Hace exactamente un año lo estuve observando cada amanecer y anochecer, dado que la ventana de mi celda se encontraba justo delante del árbol. En ese ejercicio de contemplación noté mi incomodidad por tener justo delante un árbol muerto aunque el lugar en general es como un jardín del Edén transportado al siglo XXI. Me preguntaba porqué justamente en mi ventana el paisaje estaba dominado por un árbol muerto.

Y este mes de julio, un año después, mi celda estaba justo en el lado opuesto, mostrándome un pequeño patio en el que dominaba la vegetación viva y la ropa tendida. La gran sorpresa ha sido notar que alguna parte de mí echaba de menos la visión del árbol muerto. Cada vez que  la meditación y el trabajo manual me lo permitían me escapaba para observar mi ya querido árbol muerto. He podido dedicar tiempo a entender qué me mostraba ese árbol.

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Cuando la vida se muestra impúdica, abundante, la visión del árbol resulta chocante, sorprendente y provocativa. Es una llamada a la reflexión sobre la finitud de la vida. Sin embargo, tras muchas horas de meditación, el árbol me ha enseñado que aunque la vida sea finita, podemos dejar algo, el recuerdo de quienes fuimos, lo que hicimos y sobretodo el recuerdo de lo que hemos amado.

Todo, desde los pensamientos hasta las miradas, las palabras, los gestos y las intenciones deja algún rastro, por pequeño que pueda parecernos. Sin embargo, el gran valor de ese rastro radica en su gratuidad, en la generosidad y en el convencimiento de que estamos llamados a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, por mucho que cueste. Esa es la verdadera provocación de nuestras vidas finitas.

En el budismo tibetano una de las meditaciones más importantes se centra en la reconciliación con la muerte. Tal como explica la siguiente historia:

Un discípulo le preguntó a su maestro,

– Maestro, ¿cómo puedo prepararme para morir?
– El maestro le respondió: Prepárate para vivir.
– ¿Y cómo puedo prepararme para vivir?
– Prepárate para morir.

No queda mucho por decir. Bueno sí, gracias árbol muerto por seguir ahí, en medio de tanta vida, como rastro y señal del sentido de todo…

 

 

En silenci

 

Quan l’única certesa és la incertesa,
quan les paraules no arriben a explicar gairebé res,
quan ni tan sols les mirades mostren un bri de realitat,
ens queda el silenci.

Quan hi ha hagut moltes explicacions,
quan la imaginació es desborda,
quan l’atenció es dispersa, i no es comprèn res,
ens queda el silenci.

Quan no es troben mestres,
quan la realitat es torna erma
i manca el sentit de tot plegat,
ens queda el silenci.

Quan les ombres s’allarguen,
quan la por ens fereix i oblidem qui som,
quan la vida es mostra lletja,
ens queda el silenci.

Quan només hi ha soroll,
quan la veritat s’escola entre dubtes i penombres,
quan sembla que campen perills i foscors,
ens queda el silenci.
Quan hi ha moltes preguntes i cap resposta,
sempre ens queda restar en silenci.
Escoltar el silenci.
Fent silenci
En silenci
Silenci

I des del silenci reconstruir-ho tot :
Certeses, paraules sàvies i mirades autèntiques.
Realitats veritables i explicacions necessàries.
Atenció fecunda i comprensió acurada.

I des del silenci reconstruir-ho tot :
Trobar en tothom un amic i mestre,
Enamorar-se de la realitat com si es descobrís per primera vegada.
Il·luminar-ho tot de nou, per retrobar qui som,

I des del silenci reconstruir-ho tot :
Alimentar un cop més el sa atreviment,
Diluir els dubtes i seguir cercant la veritat.
I seguir fent preguntes sense respostes

Per tornar a restar en silenci.
Escoltar el silenci.
Fent silenci.
En silenci.
Silenci

 

 

Vespres de juliol. Reflexió breu.

Fills monitors i necessitat de rentar i assecar molta roba en molt poc temps. 

Zygmunt Bauman deia que el millor que podem fer a la vida, és regalar el nostre temps a la gent que estimem. 

Aquí estic un vespre de juliol mirant com gira una rentadora industrial, mentre penso que demà, quan el meu fill torni a marxar per cuidar i jugar amb els fills d’altres mares, notarà que la roba fa molt bona olor.

Els vespres de juliol fan olor de servei i amor.

De los librepensadores

En los orígenes del Humanismo, del Renacimiento y en la base de la Revolución Francesa fue tomando cuerpo el librepensamiento. Ya en la ilustración y posteriormente en el siglo XIX se intentó definir el concepto. Louis Menard, poeta simbolista y primitivo consumidor de hachís, precisó que el librepensamiento es una actitud consistente en rechazar cualquier dogmatismo y confiar en la razón para distinguir lo verdadero de lo falso en un clima de tolerancia y diálogo.

Resulta curioso observar como la propia definición incorpora la actitud, que es una disposición, un talante, una voluntad consciente que debe hallarse en la base del deseo de llegar a la verdad. La voluntad nada tiene que ver con el raciocinio ni la capacidad lógica o matemática, sino con un empeño, una obstinación personal, un verdadero compromiso vital. Cuando esta actitud falta, no puede haber librepensamiento, y entonces la verdad desaparece por las grietas del desconcierto, el miedo, la sospecha y el juicio.

A veces, la vida muestra cómo individuos formados, capaces en muchas facetas de su vida personal y profesional adormecen su raciocinio y se dejan llevar por el miedo a la incertidumbre o por emociones más o menos desatadas. Hay en los hombres y mujeres (de hoy en día?) una incapacidad manifiesta para la aceptación de lo que no está bajo su control, desde la enfermedad hasta la muerte, ambas condiciones ineludibles de cualquier vida terrestre. En realidad  entre la libertad de expresión y la coherencia personal hay un divorcio patente basado en la necesidad.

Desde el siglo XVIII la construcción de la identidad del yo se basa en la creencia de que la razón todo lo puede. Sin duda las conquistas de la humanidad desde el Paleolítico, si las pudiéramos observar desde una galaxia lejana, son simplemente espectaculares. Desde la lucha contra las enfermedades infecciosas hasta el desarrollo de transgénicos, desde el ferrocarril de vapor hasta los vuelos interestelares… la aplicación de la razón al ámbito de la tecnología permitió el inicio de la Revolución Industrial, que  a su vez permitió mejorar las condiciones de vida de muchas personas. A su vez estas mejoras permitieron que la raza humana incrementara su número hasta llegar a los 8.000 millones de personas que actualmente se reparten de forma desigual los recursos presentes, en una depredación del planeta que no tiene precedentes. Ninguno de estos avances ha permitido superar las diferencias en el acceso a los medios de producción. La utopía socialista pretendió liquidar lo que para Marx era un continuum de desigualdad, desde los faraones de Egipto hasta la nobleza rusa del siglo XX. Ya sabemos que el tema utópico no acabó de funcionar, pero quizás llegados hasta aquí lo más interesante es observar cómo la humanidad en bloque puede equivocarse mucho si su conocimiento de la verdad es parcial o limitado. Si al conocimiento limitado se le une el miedo, el resultado siempre es nefasto.

Digamos que el uso de la razón para la creación de objetos que mejoren nuestra vida ha avanzado más que el uso de la razón para mejorar nuestra relación como individuos. Es innegable que como raza mostramos grandes incapacidades. La fraternidad de la que hablaron Diderot y D’Alembert, grandes librepensadores, no abunda en el planeta, y posiblemente es más visible en un banco de sardinas que entre la mayoría de las personas.

Siempre he pensado que el día en que el hombre dejó de ser nómada y cerró un pedazo de tierra para cultivar y alimentar a su prole (sólo la suya, no la de otros) la humanidad, ya con minúscula, empezó un larguísimo camino de lucha por los recursos, sean estos patatas, sardinas o sueldos. Cada uno debería reflexionar hasta dónde es verdaderamente libre, para encontrarse de verdad con sus propias limitaciones, y responder a las mismas con dignidad y sin subterfugios. Deseablemente también con fraternidad.

Voltaire hizo del artículo sobre el librepensamiento de sus colegas Diderot y D’Alembert la base de muchos de sus discursos y acciones. Su capacidad dialéctica le convirtió en un gigante de la historia, que nos mira desde el culmen del librepensamiento.  Sin embargo, él mismo manifestó que la única condición para llegar a ser un librepensador, es la independencia económica. Él murió siendo uno de los hombres más ricos de Francia, después de traficar con esclavos y llevar adelante algunos negocios fraudulentos.

Frederic Lenoir, uno de los filósofos más premiados de la Francia contemporánea,  manifiesta que la principal crítica al Occidente actual es haber olvidado el ideal de fraternidad, concentrándose sólo en cuestiones de igualdad y libertad individual. Una especie de depreciación del ideal de  fraternidad.

Estudiar a fondo la historia de la “humanidad con minúscula” ayuda a entender que tras los personajes hay personas, que tras los juicios hay vacíos y miedos, y que en cualquier caso como dijo uno de mis gigantes preferidos, Lev Tolstói: “Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. Amén